viernes, 28 de noviembre de 2008

Relato (2º parte)

Un ruido sordo la despierta, alguien llama a la puerta. Muy a su pesar se obliga a abrir los ojos. La pintura descorchada de las paredes y el techo le dan un toque lúgubre a la estancia. De pronto se da cuenta de que está hundida en una cama improvisada con un par de colchones de lana tirados sobre un montón de paja. Deduce por la luz del sol que se cuela entre las rendijas de la persiana que ya es tarde, el sol debe estar acostándose por poniente. Eso significa que lleva durmiendo unas dieciséis horas seguidas. Una vieja alcoba apolillada sujeta un espejo polvoriento.

Dolorida, intenta incorporarse. Hace días que no come nada sólido, y su cuerpo está desfallecido. A duras penas logra ponerse en pie y arrastrarse hasta la alcoba. Limpia el espejo con la palma de la mano y al alzar la vista un rostro fúnebre le devuelve la mirada. Las ojeras se han adueñado de gran parte de sus pómulos, ramitas y paja le ensortijan el pelo, señal de lo duro que fue su vagar. Un camisón de seda negra cubre su cuerpo castigado, pero los brazos al aire muestran arañazos, moratones… Otro golpe seco la saca de su ensimismamiento y le hace regresar al mundo real. Echa un vistazo a su alrededor y encuentra a los pies de su cama una túnica del mismo tejido que el camisón, larga y con capucha. Envuelve su cuerpo con ella para mantener el calor y se cubre la cabeza con la capucha: no quiere que la vean en ese estado. Apenas ha alcanzado el umbral de la puerta cuando la manilla gira bruscamente y la puerta se abre lentamente con un chirrido. Al otro lado, una amable sonrisa ilumina el corredor.

‘Buenas noches’ le dijo, y sus palabras le inundaron el alma. Desde ese momento vivió de noche y durmió de día sólo por oírlas una y otra vez al despertar. Su maleta fue hallada cerca de la roca en donde se resbaló, recogida y devuelta a su dueña. Habilitaron la estancia lo más acogedoramente posible, adecentando las paredes con un poco de pintura y trayendo una gran cama de hierro sacada de alguna parte. En una esquina, un lavabo antiguo.


Continuará...

lunes, 24 de noviembre de 2008

Kelpie.

Sola y en el medio de la nada busca ayuda. Vaga de un lado para otro arrastrando tras de si una oscura maleta en la que guarda sus últimas y escasas pertenencias. Hace tiempo que no la vacía, ¿para qué? Sabe que vaya a donde vaya la echarán. Hay algo en sus ojos que la hace ser temida por el resto de los mortales.

Camina ya desde hace rato. Sus zapatos desgarrados apenas protegen unos pies martirizados. Sus piernas se debilitan cada vez más, haciéndola tropezar de vez en cuando. Tiene las manos moradas del frío y su cuerpo, doblado bajo el peso de los días, tiembla de sólo pensar en seguir su camino. Alza la vista y lo ve todo negro. La oscuridad la embarga de recuerdos, unos no muy gratos, otros mucho peores. No llora, no puede, hace tiempo que sus lágrimas se secaron.

Llega a un punto en el que el sendero se bifurca. A la derecha y agudizando mucho el oído cree distinguir el canto de un mirlo, el tono burlón de un petirrojo. Los árboles parecen más verdes a medida que el camino avanza recto hacia la esperanza. A la izquierda la negrura, árboles desnudos, niebla que baila alrededor de ellos; el grito desgarrador de un búho le advierte que no ose desafiar los tortuosos misterios que la elección de tomar ese camino depara… Sin embargo no tiene miedo, lo perdió en alguna parte junto con la alegría de su rostro.

Se adentra en la oscuridad como tantas otras veces, no deseando más que encontrar un sitio resguardado en el que descansar al menos durante un par de horas. A medida que el espesor del bosque se la traga un murmullo de voces le llega desde alguna parte. Aferrándose en vano a esa ilusión intenta descubrir de dónde proviene el ruido. Mueve la cabeza nerviosamente de un lado a otro, barriendo todos los rincones con la mirada. En un desesperado intento de no darse por vencida sube a una roca para desde allí otear mejor el terreno, pero resbala y cae, y es abandonada por sus últimas fuerzas.


Continuará…