jueves, 22 de enero de 2009

Relato (8º parte)

Estaba enamorado. Le pidió por favor que no se riese, pues su amor secreto era un ángel. Le contó cómo ella se le había aparecido en sueños cuando él dormía y le había velado hasta que, pobre imbécil, él la había asustado y perdido para siempre. Le prometió que no habían sido imaginaciones suyas, contó cómo después de tanto tiempo seguía sintiendo su aliento en el rostro cada vez que cerraba los ojos y aseguró que daría lo que fuera por volverla a sentir tan cerca de él. Ella rió, rió de alegría y de saber que el sueño de su amor se había cumplido, pues ambos estaban a escasos centímetros el uno del otro, pero él entristeció y calló. Eso le dio una idea a la joven.


En susurros, le confió un secreto: le creía, porque él (ella) también la había visto. Es más, la conocía, y ella también le había hablado de él. Sin dejarle terminar, el joven se abalanzó sobre él (ella) zarandeándole y se deshizo en ruegos. Quería saber más, ¡quería saberlo todo! Quién era, cómo se llamaba, de dónde venía y dónde vivía, a qué le olía el pelo y de qué color eran sus labios… Él (ella), algo mareado por el brusco movimiento le prometió hablar con aquél ‘ángel’ e incluso entregarle cualquier carta que el joven le escribiese. Y haciendo caso omiso de las peticiones de alcohol por parte de los borrachos, el barman cogió papel y pluma y se puso a escribir.


Torrentes de ideas se agolpaban en su cabeza, una y mil veces mojó de tinta la pluma pero nada le parecía suficiente para expresar sus sentimientos. Pasó aquella noche y todas las siguientes durante más de una semana inmerso en la redacción de aquella carta que le acercaría quizás a su destino, maldiciendo una y otra vez cada palabra de aquel idioma que carecía del vocablo adecuado para reflejar aquella declaración y sentía retorcerse sus sesos vanamente: si ni el verso más elaborado del poema más hermoso del mundo alcanzaría para describir una milésima parte del más sencillo de los sentimientos que el sólo hecho de pensar en ella despertaba en su interior, cómo demonios iba a convencerla de que sus labios sólo ansiaban ser testigos del dulce contacto con los suyos, de que en sus sábanas no cabía sino el dulce aroma de su cuerpo, de que cada poro de su piel pedía a gritos que sus manos lo rozasen, de que la necesitaba a su lado desde el primer momento en que la vio, o la imaginó, más bien, ya que para él sus ojos nunca se habían encontrado…


Continuará...

domingo, 11 de enero de 2009

Relato (7º parte)

Él era su último pensamiento antes de dormirse, su sueño, y la primera imagen al despertar. Y viceversa ocurría otro tanto. Aquello no tenía sentido, ¡se estaban volviendo locos sin conocerse! Alguien tenía que dar el primer paso. De nuevo volvió la luna a estar llena, y eso le dio el valor suficiente a la joven para cubrirse de nuevo enteramente con la túnica y bajar al bar. Entró en el salón con paso decidido y, aprovechando que un corrillo de borrachos ya empezaba a delirar, se unió a ellos. Encantados de ser uno más para jugar a las cartas, ninguno puso pegas a la hora de compartir mesa con un desconocido. A altas horas de la noche y en aquél estado de embriaguez nadie distinguía sexos, por lo que no tuvo ningún problema y siguió bajando cada noche.


Aprendió a jugar a las cartas, a los dados, a los dardos y a todo juego que el bar ofrecía. Se volvió muy buena, incluso, y los gritos de emoción que daban los borrachos cada vez que ganaba hicieron que el camarero se empezase a fijar más en aquella persona. No la había visto nunca hasta que empezó a bajar, pero le resultaba muy familiar. Al esperar ella a que él no mirarse para entrar sigilosamente en el bar, él tampoco sabía desde qué escaleras bajaba. Una noche abandonó la barra y se le acercó para invitarle a un trago. Apenas había rozado su hombro, ella se giró bruscamente y sus miradas se encontraron. La taberna estaba en sombras y ella no se había quitado la capucha, por lo que el joven no la reconoció. Se fueron juntos a la barra, y mientras él hablaba y le servía un chupito ella callaba y escuchaba. Le gustaba su voz, le gustaba cómo las historias que le contaba cobraban vida en sus labios, le gustaban sus gestos y su sonrisa, le gustaba su mirada.


La joven hablaba con voz ronca, mezcla de nervios, emoción e intento de parecer un hombre y pasar desapercibida entre la gente del bar. Pero la capucha le asfixiaba y le impedía libertad de movimientos, así que cogió prestada algo de ropa del posadero, al que no le hacía ninguna gracia que ella rondase por el bar, y se disfrazó de varón. Se ató el pelo en una coleta, se maquilló el rostro para esconder sus rasgos femeninos y disimuló sus pechos atándose una venda alrededor. Aquella noche bajaría al bar como uno más, y así sería hasta que el camarero la reconociese. Pasaba la noche riendo y bebiendo, pero nunca demasiado para no perder la compostura. Varias veces se quedaba mirando al joven detrás de la barra, y se ruborizaba cada vez que él le correspondía con una sonrisa amable. Todo iba bien, pero no era suficiente. Hablaban todas las noches y se habían convertido en muy buenos amigos, pero no era eso lo que ella quería. Hasta que una noche en la que el joven había bebido más de la cuenta oyó por fin salir de sus labios aquello que tanto ansiaba.


Continuará...

Te irá bien.

Ya apenas puede recordar el olor de tu perfume, ni el calor de tus manos, ni el confort de tu pecho en un abrazo de aquellos, ni los silencios. Su boca fue rozada por otros, nunca tocada pero rozada, y sus manos han recorrido ya un largo camino. Ahora sus ojos no miran como antes, se han vuelto impenetrables como antaño deseó que fueran para parecer más dura. Jamás quiso dejar en tu vida el más mínimo resquicio al cual pudieras asirte ahora, pero el subconsciente ataca de nuevo. Tal vez ahora que pareces no haber muerto deje de derramar lágrimas, o lo que quiera que fuesen, sobre tu tumba.

Y aquí está, como esa idiota que un día fue, sentada en la terraza de un bar mirándote con esa media sonrisa nerviosa suya concentrada en leer en la profundidad de tus ojos. Se ahoga en ella, es en vano. Mal se puede acompañar a quien desea estar sólo.

Pero sabe que te irá bien.

viernes, 9 de enero de 2009

Relato (6º parte)

Pronto, el joven estuvo curado y volvió a hacerse cargo del bar. Pero en las largas noches que pasaba sólo ahí abajo, y sobre todo cuando los clientes se ponían demasiado ebrios como para darle conversación, su mente se dejaba llevar por los recuerdos de aquella noche. Ansiaba tanto volver a verla que fue a hablar con el posadero. Para su gran asombro, éste negó haber visto jamás a una chica en la taberna. Negándose a aceptar que todo había sido un sueño, el joven acabó su turno y subió a tumbarse en la cama. Cerró fuertemente los ojos y agudizó el oído esperando oír algo que le diese la razón, que lo guiase hasta aquella fantasía. Pero fue en vano, pues no bien había cerrado él la puerta ella ya había abierto la suya y bajaba corriendo las escaleras con la esperanza de encontrarlo aún tras la barra.

Tras una serie de malditas casualidades como esa, por fin una noche ella salió de su habitación antes de lo normal y, aunque había recuperado la costumbre de salir a pasear, en lugar de eso bajó a la salita contigua al bar y buscó la barra desde una rendija en la puerta. Y allí estaba él. Ahora lo veía sirviendo unas copas, luego invitando a los más asiduos a un chupito, después mezclando una cerveza con limón… Y de vez en cuando lo veía acurrucarse en una silla detrás de la barra y fumarse un cigarro dejando que el humo lo envolviese en el más profundo de sus anhelos, que la música lo llevase a través del mundo de la magia… y una vez allí la veía a ella, pero la imagen estaba tan borrosa y distorsionada que cuando despertaba no podía sentir sino un ferviente deseo de buscarla. Desde la puerta no se veía todo el local, así que a veces ella perdía el contacto visual con el punto de mira. Por eso, al día siguiente decidió arriesgarse y abrir un poco la puerta. Como siempre solía estar cerrada, el joven enseguida se percató de que algo pasaba allí adentro, y con el corazón dando saltos dentro del pecho se acercó corriendo y la abrió de par en par. Ruido de pisadas a la carrera y el frufrú de una túnica, nada más.

Continuará...

domingo, 4 de enero de 2009

Relato (5º parte)

Los días pasaban, y mientras parte de ella se moría por bajar a verle, la otra parte sabía que mientras ese sentimiento tan fuerte no se redujese un poco sus piernas nunca le serían fieles; probablemente tropezaría en las escaleras de puros nervios. Bajaba cada noche a altas horas de la madrugada a cumplir con sus tareas en el bar, pero nunca coincidían. Él los emborrachaba y subía, ella bajaba y los echaba. Y así un día y otro día, durante una o dos semanas. Y por fin se decidió, cubrió su cuerpo y su cabeza con la túnica y bajó sigilosamente las escaleras. Cual no fue su sorpresa al encontrarse al posadero detrás de la barra. No había mucha gente en la taberna, por lo que se arriesgó y entró en el salón. Al posadero no pareció gustarle la idea de que los borrachos viesen a una mujer en la habitación, pues no quería que sus instintos masculinos la molestasen, pero los clientes a duras penas podían distinguirla entre las sombras. Estaban demasiado entretenidos jugándose los cuartos al póker, al mus o a los dados.

Nerviosa, se acercó a la barra y no sabiendo que decir, calló. Pero algo debió ver el posadero en sus ojos cuando, sin decirle nada, le pidió que le siguiera y le mostró en la cocina una bandeja con un poco de caldo y algo de pan. Le pidió que se la subiese al camarero que estaba en la cama con fiebre muy alta. Accedió gustosamente, sostuvo la bandeja entre sus manos durante unos segundos para comprobar que los nervios no la traicionarían y subió de nuevo la escalera. Llamó suavemente a la puerta y esperó, pero no obtuvo respuesta alguna. Probó un poco más fuerte y nada. Pensó que tal vez el chico estuviese dormido, por lo que abrió sigilosamente la puerta y entró muy despacio. El joven estaba tumbado en la cama y su pecho, tapado a medias con las sábanas, subía y bajaba acompasadamente. Ella, sin hacer ruido, dejó la bandeja encima de la mesita de noche y se acercó a contemplarlo.

Su rostro era hermoso, y sus mandíbulas desarrolladas le aportaban una angulosidad perfecta. Tenía el pelo oscuro y algo alborotado de pasar el día en la cama. Su nariz parecía tallada a la medida, y sus labios sonrieron cuando ella le puso una mano en el hombro. Incluso sin haber visto nunca sus ojos ella podía imaginar la expresión llena de misterio de su mirada. No despertó con el contacto de su mano, ni cuando recorrió su torso con el dedo dibujando cada uno de los músculos que se le marcaban al respirar. Tampoco cuando le peinó le cabello con la palma de la mano, ni cuando acarició su rostro con el dorso, pero respiró agitadamente cuando sintió su aliento tan cerca de su boca. Segundos antes de abrir los ojos ella ya estaba fuera. Y ya no pudo pensar en otra cosa que no fuese aquella sombra de un ángel que le había llevado la comida hasta su cuarto y había salido precipitadamente antes de que él se pudiese siquiera bañar con la luz de su mirada.

Continuará...