A pesar del duro día que hoy me esperaba, las cosas no podían haber salido mejor (excepto tal vez en el entrenamiento, ps: ¿algún voluntario para cargarse a tres niños de cuarto de primaria?). Clase por la mañana temprano y, como siempre que paso más de tres días sin dormir mi número de horas recomendadas (lo que al cabo de la semana hacen un total de... buuuffff horas), me he despertado antes del despertador. ¡Eso fastidia! Porque justo cuando me decido a mirar qué hora es ¡va el tío y se pone a sonar! Claro que ya me las sé todas, así que lo pongo siempre un cuarto antes de la hora, por aquello de remolonear un poco entre las sábanas... pero a la segunda (a veces la tercera) va la vencida, ¡arriba! Ni una ducha de agua fría podría haber conseguido abrirme los ojos más de la mitad, ¡qué horror! Un desayuno rápido y... a bajar corriendo las escaleras para ver pasar el autobús. No importa, hay otras salidas, otras paradas... ¡a correr!
En el autobús el viaje es tranquilo, a esas horas a nadie le apetece hacer el gamba. Llegada a la uni, clase e improvisaciones en el texto, a copistería a por las hojas, a la librería a por los workbooks... corriendo a casa, corriendo comer y corriendo bajar a por el autobús. ¡Esta vez no se me escapa! He bajado un poco antes...
Era la primera vez en todo el curso que dábamos esa clase, yo suponía que sería lo típico, presentación y demás, pero no... bueno, es igual, ¡el problema es que la clase duraba tres horas! A la hora y veinte he salido disparada al autobús, tendría que pasar por casa a por la camiseta para la niña que no vino (y luego resultó que me vinieron tres...). Entrenamiento con los txikis, unas ricuras después de hacerles correr un par de vueltas por mal comportamiento, para que se relajen. Sino, todo rodado, menos que nos han cortado el KO por la mitad para jugar al futbol... ¡abusones!
Y luego... bueno, lo que haya echo luego es personal, es mi rato libre así que esas dos horitas (¡tres!) a nadie le interesan.Lo bueno llega en el autobús de vuelta, al mediodía... Me he subido en el Corte Inglés, algo abrumada por el ritmo enloquecedor de la mañana... ¡y me he bajado relajada y con una sonrisa de oreja a oreja!
Ha habido de todo, risas de adolescentes, llantos de niños, cotorreos de madres, quejas de padres... etc. ¿Hechos a destacar? Espero no dejarme ninguno.
Según me he subido, en el asiento trasero al que está justo detrás del conductor, en ese asiento tan ancho que mira a la trasera del autobús se ha sentado un hombre de personalidad casi tan ancha como éste. Era de avanzada edad y con una enorme barriga, pantalones oscuros de pana, zapatos, jersey verde y camisa por debajo, con un sombrero negro de ala pequeña y un bastón en la mano, que ha dejado enhiesto en medio del pasillo. Parecía que cuidaba de su rebaño. Pero lo que más me impresionó de él, aparte de ese baston finísimo acabado en una curva por arriba, en una chapa de botella de champán por debajo, negro de mitad para arriba, como si fuese de hierro, y madera de mitad para abajo que cada vez que el hombre se apoyaba temblaba peligrosamente, como si se fuese a caer; aparte de todo eso, lo que más me inspiró respeto fue su cara. Curtida por el sol, con una barba canosa de dos días, más que su cara fue... su mirada.
Unos ojos pequeños que en cualquier otro rostro con cualquier otro gesto no destacarían. Unos ojos claros como el cristal que reflejaban tanta sabiduría, cansancio y tantas experiencias vividas en la vida... Ese señor tenía biznietos, seguro, a los que miraría como a corderillos saltando entre sus madres, a los que vigilaría, fuesen suyos o de otras madres, como el paciente perro pastor. Era un hombre de raza gitana cansado del viaje...
En la catedral se han subido tres... tres... ¿tipos? El primero un piltrafilla de mucho cuidado, el segundo un chavalillo quiero y no puedo y el tercero... ¡jajaja! Americana, camisa, zapatos de semipunta y gafas de sol, y los cuatro pelos que tenía mal repeinados para alante... En fin. Una mezcla de olor a pachuli y tabaco, ¡más orgullosos ellos! ¡Angelicos! Se ha subido poco más tarde una chica negra con una sillita de bebé. El autobús estaba a tope y no ha podido llegar al hueco para carritos más alejado de la puerta. En cuanto hemos llegado a otra parada, en seguida la gente le ha hecho sitio, pero no ha podido atar la silla. Se dirigía a pagar cuando sin más ni más el primer piltrafilla le sujeta la sillita y le dice que vaya a pagar tranquila que él le sujeta el carrito. Dicho y hecho. Y al girarse para hacerlo ha visto al primer hombre que he mencionado. -¡Hombre! ¡No me había dado cuenta de que estaba usted aquí! Ya sabe, con tanta gente... El hombre se ha limitado a hacer un gesto con la mano para decirle que no pasaba nada. No salió de él ninguna palabra, pero se le entendió todo. Y el respeto con el que el otro le habló... Ese hombre era más grande que su voluminoso cuerpo.
El segundo piltrafilla al apartarse para hacerle sitio al carrito se ha quedado mirando un momento a la niña y se le ha dibujado una sonrisa en los labios enorme. -Se parece a María. Ha dicho, y ha empezado a hacerle caras para hacerla reír, y a sonreír al ver que la niña también sonreía. El tercer piltrafilla... lo siento mucho pero ese no tenía arreglo.
Más allá, en los asientos reservados para ancianos, dos señoras. Una, la de al lado de la ventana, con un tic en los labios y los ojos. La de al lado conversando con la madre de la otra niña que iba en el autobús, también en carrito. La segunda abuela, con una camisa de estampados morados, verdes y azules estaba emocionadísima. Hablando con la madre de la niña, que si cuántos añitos tenía, que si ya hablaba, que si qué tal los dientes... al final no pudo evitar rebuscar en su bolso y luego en su cartera para sacar la foto de sus nietos. Y se la enseñó a la madre, que enseguida elogió la belleza de sus retoños (como para no). La abuelilla casí lloraba de la emoción. Enternecedor, vaya que sí...
Al fondo, en los cuatro asientos, cuatro malotes. Han corrido justo cuando el autobús se disponía a arrancar, y por la cara del primero en cuanto ha llegado a la altura del autobús y ha visto que tal vez no le iban a abrir... esa cara de: o me abres o te rompo la puerta, el conductor les ha dejado subir. El primero en subir, el malote. El segundo, el otro malote de greñas domadas por una cinta, que luego resulta que no ha hecho más que sentarse al lado de la ventana y quedarse allí embobado mirando por el cristal. El tercero, un chaval con cara de crío y ademanes de chuloplaya, de quiero y no puedo también. Y el cuarto pues otro por el estilo. Allí sentados todos, no me podía creer lo que pasó luego.
En la marea del autobús un hombre ya mayor con aspecto de hombre de letras y una chaqueta a cuadros típica de profesor de universidad se ha visto empujado al fondo, cerca de ellos. Y el primero, el malote, el que se ha pasado el viaje hablando a voz en grito y soltando palabrota tras palabrota... sin dejar de hablar y con toda la naturalidad del mundo, como si no fuera con él ¡le ha ofrecido su asiento al señor! Al principio el hombre no lo quería aceptar, no hace falta, decía. Y el chaval se le ha quedado mirando, como sin entender... Tras insistir unos breves momentos el hombre le ha agradecido el gesto con una sonrisa, sentándose. Acto seguido el chuloplaya con cara de niño se ha levantado para ofrecer su asiento a una señora. El segundo ya fue más forzado pero, ¿el primero?
Era la única persona en todo el autobús (a excepción de esa chica con los ojos tan cargados de pintura que normal que no los pudiese abrir, y que por estar dormida no podía) de la que nunca me esperaría que cediese su asiento, y menos tal y como lo hizo.
Y eso me hizo pensar que, si ese chico que a simple vista ofrecía tan poco, luego en realidad ha demostrado tanto... ¡entonces tal vez esta sociedad todavía no esté perdida!