sábado, 30 de mayo de 2009

Ella

Dicen por ahí que un día se escapó de casa y corrió al bosque a esconderse. Dicen por ahí que una vez fingió un desmayo para librarse de las consecuencias. Dicen por ahí que le encanta meter la mano en el tarro del arroz. Dicen por ahí que disfruta peleándose con las olas. Dicen por ahí que cuando se despidió de su amor, hace muchos, muchísimos años, selló su corazón para siempre.

Dicen por ahí que hace tiempo que ha cambiado. Dicen por ahí que ya no es la misma de antes. Dicen por ahí que la vida se está cebando con ella. Dicen por ahí que su sonrisa está vacía, sus ojos llorosos y sus ojeras marcadas. Dicen por ahí que en ocasiones se abstrae de tal manera de este mundo que asusta. Dicen por ahí que al final aprendió a volar...

También dicen por ahí que es tonta. Algunos opinan que es demasiado inocente. Otros creen que su vida va de lujo. La mayoría apenas la conoce. Muchos la critican, y pocos evitan esas conversaciones. Muy pocos significan algo para ella. Muy, muy pocos tienen su confianza. Muy, muy, muy pocos consiguen leer esa pena tan profunda que se ha instalado en sus ojos. Pero le es indiferente, nunca hizo caso del qué dirán.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Lo que son los niños.

El lunes pasado me subí en el autobús a eso de las seis de la tarde para ir a devolver unos libros a la biblioteca del campus. Me senté en los asientos traseros, en esos que están dos y dos enfrente. Me puse los cascos y dejé vagar la mente sobre cualquier tema banal, agradecida por disponer de unos minutos de viaje para desconectar un rato.

Al cabo de tres o cuatro paradas, se sentaron en los asientos de enfrente un niño y su abuela. El niño, muy decidido, había recorrido el pasillo del autobús con la cabeza bien alta sopesando las ventajas y desventajas de cada uno de los huecos libres en el autobús, hasta que decidió lanzarse a la ardua tarea de empujar el pañal encima del asiento que estaba enfrente de mí. No le resultó tarea fácil, pero tampoco dejó que nadie le ayudase. Tuvo uno de esos arranques de independencia propios de la edad, ya se sabe.

El niño, como todos los niños que van en autobús, en seguida se repantingó con las piernas bien derechas, el codo apoyado en la ventana y la mirada perdida en las miles de imágenes que pasaban como borrones a ambos lados del autobús en marcha. Yo pensé que aunque los ojos se le movían a una velocidad increíble en un exhaustivo chequeo del panorama, en realidad su atención no se fijaba en nada en concreto, pero me equivocaba.

Me fijé en su carita redonda, en sus ojazos claros bien abiertos, en su pelo rubito y corto y en los colores que daban vida a sus mejillas. Iba vestido con un chándal marrón y verde, y zapatillas blancas. Absorto en sus pensamientos, siempre me he preguntado qué pasa por la mente de los niños cuando van así, mirando por la ventana y con los labios medio moviéndose como si estuviesen contándole un cuento a alguien.

De repente se volvió y me miró fijamente. Después miró a su abuela, alrededor, al techo… pero todo muy despacio, como si volviese a la realidad. Algo en la calle le llamó la atención. Un policía estaba al lado de un coche con una pareja, y les pedía los papeles. El niño cosió a su abuela a preguntas, hasta caer en la trampa del ¿y por qué? ¿Y por qué? La abuela, llena de paciencia, acabó preguntándole al niño ¿y qué coche es ese? Y ahí fue cuando todos nos quedamos alucinados.

“Es un Ford -respondió, como si fuese lo más obvio del mundo- y ese un Citroën, y ese un…” No me acuerdo de la enumeración que soltó, el caso es que fue repasando con la vista la fila de coches aparcados y nos dejó a todos con la boca abierta con la demostración de lo puesto que estaba en el ámbito automovilístico… Una chica que se sentaba en un asiento cercano no pudo evitar el comentario de “¡flipa!”, y ahí ya no pude más y me empecé a reír. La verdad es que era como para haberlo grabado.

Pero lo que más gracia me hizo fue que, cuando acabó de nombrar marcas y vio que nos reíamos (a la abuela se le caía la baba, y nos explicaba la pasión del crío por los coches), tiró de la manga de su abuela para llamarle la atención, se puso de rodillas en el asiento para poder acercarse a su oído y haciendo cono con las manos para que nadie más lo oyese dijo: ¿Y esa por qué se ríe? Y ahí ya explotamos todos. Pero al pobre no veas la cara de incredulidad y asombro que se le quedó… Una ricura. Lástima que tuviese que bajarme tan pronto, con lo bien que me lo estaba pasando…

Me dijo adiós con la mano.

Cuando entré en el aulario todavía sonreía.

sábado, 2 de mayo de 2009

Camina sola.

Ella sabía que tarde o temprano esto iba a pasar. Lo sabía, y me lo dijo. Esa sensación de verle allí acompañando, absorto hasta tal punto de hacerle vacío… Una y mil veces se había preparado para aquella ocasión, pero aún así fue duro. Ni las típicas excusas podían justificar su cara de angustia. Después de todo, sí, quizás era verdad que sobraba. Y se fue.

Poco a poco, a lo largo del camino, empezó a ser consciente de que lo que se llevaba temiendo tanto tiempo cobraba más y más sentido. Tenía el corazón de hielo, un corazón helado. Ya jamás sentiría como antes. Ya no quería, nunca quiso y jamás podrá. De nuevo esa maldita coraza se había cerrado en banda. Y era duro…

El amor no estaba hecho para ella. Demasiados sentimentalismos, demasiadas veces se le había cerrado la boca del estómago como si le hubiesen pegado una patada, no estaba dispuesta a soportar nada más. De repente el término femme fatale le parecía hermoso… Y dolía, sí, dolía demasiado.

Y al llegar a casa, harta de todo, decidió que ya nada le afectaría jamás, que actuaría según le apeteciese sin pensar en consecuencias, que se iba a ganar a pulso que la llamaran egoísta… E intentó comer algo, para ver si la comida le hacía pasar ese nudo que se le había formado en la garganta y le impedía derramar amargas lágrimas…