miércoles, 24 de septiembre de 2008

¡Vaya día!

Hoy no ha sido mi día. Para nada. Ayer me quedé con todas las ganas de quedarme bailando de fiesta pero me tuve que ir a las doce en punto. Ni Cenicienta. Después de dar vueltas y más vueltas en la cama, por fin logré dormirme (tras acabar los tres capítulos que me quedaban del libro, obviamente). Esta mañana el despertador ha sonado a las ocho. Con los ojos cerrados y automáticamente he retirado el edredón, he subido la persiana, corrido la cortina, abierto la ventana y sacado el brazo para ver qué tiempo hacía. Al llegar al baño para despertarme con una buena ducha ya se me había olvidado si hacía frío o calor...

Antes de que acabase el desayuno mi madre ya me estaba metiendo prisa, así que lo he dejado a medias y me he puesto ese jersey de borreguillo que tan loquita me tiene. Me he metido un fular en el bolso: veía muy negra la mañana. Al llegar a Txagorritxu, rutina: sala de espera, toma de tensión, sala de espera, papeleo… mucho ruido y pocas nueces, así que lo gordo está aún por llegar. Al salir hacía frío, mucho frío, por eso no entiendo cómo todo el mundo iba en manga corta. Me he puesto el fular. Al llegar a casa he perdido el tiempo seleccionando unas fotos para… ¡mierda! ¡No puedo decirlo! Supongo que alguien ya se habrá dado por aludido, ¡jaja!

Tras enviar las fotos vía email he salido de nuevo a la calle, molesta por haber olvidado el descolgar la ropa del tendero para poner a secar otra nueva, y lo ha hecho mi madre. No es justo. He cogido el autobús porque mis piernas no respondían. Tenía frío. Al llegar al trabajo de mi padre me ha tocado saludar a todo el mundo. Tras imprimir, discutir sobre asignaturas y planos del nuevo piso, mi padre me ha abierto la puerta que más cerca queda de mi casa. Menos mal, porque no hubiera soportado tener que dar toda la vuelta al edificio. A medio camino me he acordado de la reunión de esta tarde y del poco tiempo que eso me daba para comprar, así que con las tripas rugiendo de hambre he entrado al primer supermercado abierto y he recorrido los pasillos llenando el carro con lo que sabía que luego me iba a pesar…

Tras el paseíllo por los corredores y cuando ya pensé que era suficiente, aún tocaba pasar por el numerito en caja. Las he visto rancias, muy rancias, y luego… a ella. Si tuviese un poquito menos de sangre empezaría a pensar que era una vampira, ¡joder! (Fijo que era celíaca…) Pero ahí no acabó lo peor: la lechuga no me entraba, el bolso abierto se me resbalaba todo el rato hacia un lado y en el momento crítico de equilibrismo la muy p*** me tiende el ticket con un boli. Que firme, dice. Así que con todo el aplomo del mundo he dejado caer de las manos todo para que la muy cerd* me deje el papelito entre todo el revoltijo, ¡y encuentra después el boli! Si es que cuando algo no da más de sí…

Al final un chico negro que me seguía en la fila ha tenido que guardar mi cesta y meter la puñet*** lechuga en una bolsa y colgármela del dedo meñique para evitar que cometiese ninguna locura. Le he dado las gracias, con la carpeta en la boca, pero mi infinito agradecimiento quedó fijo plasmado en mi mirada. Y cuando por fin conseguí salir del supermercado… El autobús sale de la parada. Y ahí fue cuando me cagué en toda mi ****. He esperado al siguiente con dos onzas de chocolate milka derritiéndose entre mis dedos.

Después de lo que pareció un siglo, lo mejor es que en caliente como estaba pasa un señor mirándome fijamente, con una medio sonrisilla burlona. Al llegar a mi altura a aminorado un poco el paso y ha cambiado la expresión como diciendo: ¿está bueno? o ¿me das? Y yo antes de que dijese nada que pusiera en peligro su existencia le he sacado la lengua. Y el tío, que parecía que se lo esperaba, se ha echado a reír en una risa contagiosa que le he agradecido. Acto seguido el autobús apareció. Cuando miré a la derecha para verle marchar, el señor ya no estaba.

Y me voy a saltar la parte de las viejas en el autobús porque eso merece un capítulo aparte, y ahora que me he calmado no vamos a volver a empezar…

19 septiembre 2008

Rendirse es de débiles

Esta pasada semana estuve en casa de Pauline, allá en Pessac, Burdeos... Y después del reencuentro, de las risas y bromas, de las caras de sorpresa de todas esas personas a las que no veía desde hacía... ¿cuánto? ¿Tres meses? Después de los saltitos de alegría, los besos y abrazos, de toda esa emoción contenida, de todas esas propuestas de volver, de quedarme... fuimos a comer a casa de sus tíos. Y allí había un gatito que...oh...

¿Qué edad podría tener yo por aquél entonces, nueve? ¿Diez? ¿Quizá doce años? No lo sé. El caso es que, saliendo yo de misa, (sí sí, ¡yo de misa!) de la única misa a la que voy en todo el año, en ese pueblecito tan querido perdido en la llanura en el que paso uno de los mejores momentos del verano, me dirigía a casa a cambiarme de ropa (por aquél entonces no soportaba los vestidos) antes de subir al bar a encontrarme con el resto. Y nada más llegar a la esquina de mi calle, apenas había puesto una mano en la manilla de la puerta del jardín... oí un maullido que le hubiera partido el corazón al más desalmado ser en este mundo.

A escasos metros, tirado en el suelo, sucio y muy delgado había un gatito blanco con una mancha marrón en el lomo izquierdo y varias más oscuras en las patas, cola y orejas; es como si ahora mismo, cerrando los ojos, lo estuviera viendo aún a mi lado. Tumbado de costado, apenas con fuerzas para mover la cabeza mientras maullaba se le veía tan débil, tan sólo... Entré corriendo a casa y me dirigí a la cocina que por suerte para mí en aquél momento se hallaba vacía. Abrí el frigorífico y cogí una de las tapas de los botes que mi tía había estado fregando y la llené de leche. Bajé las escaleras tan rápido como pude y volé más que corrí de nuevo a su lado. Le puse la tapita al lado de la cabeza, pero no se movió. Mojé un dedo en la leche y se lo acerqué a los labios; no se movió. Le acaricié la pata con un dedo y de nuevo fue en vano.

Ya me estaba subiendo una ingente cantidad de lágrimas a las comisuras de los ojos cuando de pronto el gatito volvió a maullar, pero esta vez no fue un maullido desesperado, fue maullido bajito, como si supiera que ya había alguien a su lado y lo único que quisiera era explicar que estaba sufriendo. Le hablé, sabía que debía parecer una estúpida con ese vestido blanco, el pelo liso recogido con una horquilla y hablando a un pobre animalillo pero no se me ocurrió otra cosa que hacer. Le hablé para darle ánimos, para que no se rindiera, y a cada palabra que decía una lágrima me resbalaba mejilla abajo. No, aquella técnica no funcionaba; tenía que cambiar de método.

Es como si a un enfermo por el que por su vida apenas dan un duro se le pide que luche mientras a uno se le caen las lágrimas. No cuela. Si se le da ánimos a alguien hay que demostrarle también que estamos con él, que lo creemos capaces de conseguirlo y que él puede hacerlo. Así que me sequé los ojos y le hable claro y despacio, muy bajito. Le dije que tenía que beber, alimentarse, que lo iba a meter en una cajita con una manta para que entrase en calor y que en unos días se iba a recuperar, que aún era muy joven y que su cuerpo se curaría en un santiamén. De lo convencida que estaba me parecía que el gatito cobraba fuerzas. Una vez más, mojé mi dedo en la leche y dejé caer una gotita en sus labios; y esta vez los abrió. Una segunda gota, la bebió. Empecé a mojar más el dedo, y él a beber más ávidamente. ¡Lo había conseguido!

El resto del pueblo empezaba ya a despedirse a la salida de misa y a recogerse cada uno en su casa. Algunas mujeres que subían por mi calle se acercaron a ver lo que hacía, y los comentarios que oí en ese momento fueron como un resorte; inmediatamente ríos de lágrimas me nublaron la vista. -Uy, ese pobre no tiene nada que hacer. -Niña, déjale ya, ese se muere... No me lo podía creer, ¿pero es que no veían que estaba bebiendo? ¿No veían que hace un momento no se movía y que ahora tenía los ojos bien abiertos y me miraba mientras le daba la leche? Les dije que no, que iba a estar bien, pero ellas se reían. La rabia me cegaba, intenté ignorarlas pero ellas seguían. El gatito también pareció oírles, porque de repente recostó la cabeza, cerró la boca y no bebió más. Yo intenté volver a darle leche, le acerqué más la tapa y todo pero... nada. Parecía muy cansado, como con sueño, pero había algo que fallaba. No respiraba como lo haría otro cualquiera. Desesperada, yo no podía ver eso.

Más señoras subían ahora de misa, algunas incluso se pararon a mi lado haciendo comentarios sobre el pobre animalillo. En un momento montaron tal escándalo que mi padre y mi tío salieron a ver que pasaba. Yo apenas podía retener todo lo que se me venía encima. Mi padre intentó razonar conmigo y el nudo en la garganta me impedía replicar. Mi tío me dijo, así como es él, que lo mejor que podía hacer por el gatito era hacer que dejase de sufrir, y que era lo que él iba a hacer en ese momento, que me alejase y que no mirase... Esas palabras tardaron por lo menos el doble de lo normal en reproducirse en mi cerebro, ¿qué era todo aquello? Yo sólo había encontrado un gatito hambriento y enfermo al que iba a cuidar para que volviese a correr y a jugar en las calles, ¿y ahora de repente querían matarlo? No, no podía ser...


Sólo recuerdo que mi padre me enterró la cabeza dentro de su chaqueta y apretó las manos sobre mis orejas. Oí un golpe, un maullido, y nada más.


No odié a mi tío, ni a mi padre ni a las señoras, pero aprendí una lección:

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Hace mucho tiempo se celebró una carrera de sapos y liebres. Las liebres, todas chulas ellas, se alinearon en perfecta armonía y exquisita belleza al borde de la marca de salída. Los sapos, feos, verdosos y verrugosos, se esparcieron de cualquier manera al otro lado de la marca. El búho dio el pistoletazo de salida y ¡bam!, las liebres salieron zumbando como si el diablo las persiguiera. Y los sapos, croando y poquito a poco, fueron siguiendolas saltito a saltito. Cuando las liebres llevaban ya varias millas de ventaja uno de los espectadores de la gran carrera comentó que no había derecho, que estaba claro que las liebres ganarían ya que superaban con claridad la velocidad de los sapos. Entre el público, otro espectador le dio la razón. Más allá discutían sobre cómo se les podía haber ridiculizado a los sapos de esa manera, ya que estaba claro que iban a perder... Las liebres se miraron entre ellas y decidieron reducir la velocidad hasta casi pararse. Una de ellas divisó a la derecha, tras unos campos, una enorme huerta de verduras plagada de zanahorias. Todas a una, decidieron darse un banquetazo para celebrar la futura victoria y ya de paso darles una pequeña ventaja a los sapos. Pero los sapos, ajenos a todo aquello, habían empezado ya a rendirse. La mitad se había retirado, y de los pocos que quedaban unos se habían parado a hablar con el público que los compadecía y otros saltaban sin ganas de un lado a otro, como sin ganas de avanzar. Sólo uno, convencido y cabezota, siguió saltando todo lo lejos que podía siguiendo el camino de la carrera. Todos decían a su paso que pobrecito, que era imposible que ganase a las liebres, que se esforzaba en vano, que más le valdría retirarse ya al estanque y no cansarse tanto para nada... Pero él, haciendo caso omiso de la gente, siguió saltando. Y quiso el destino que, de aquél festín de zanahorias que se dieron las liebres, la mitad se empachara tanto que tuviese que dejar la carrera y que de la otra mitad casi todas se durmiesen y que el resto siguiera comiendo. Y he ahí al sapo que se acercaba saltito a salto a la línea de meta. Los espectadores no se lo podían creer. Empezaron aplaudir, a saltar y a gritar, a montar tal escándalo que las liebres, incrédulas, salieron pitando hacia la meta... pero cuando llegaron el sapo ya había cruzado la línea, ¡había ganado! Todos acudieron a felicitar al batracio y le preguntaron que qué le hizo no rendirse y seguir adelante, pero éste no dijo nada, se dio la vuelta y se metió de cabeza al estanque. Poco después se supo que el sapo era sordo.

A menudo no somos nosotros los que nos rendimos, son las malas lenguas las que nos hacen retirarnos de esa empresa en la que tanta ilusión habíamos puesto. A veces lo mejor que se puede hacer ante la opinión de la gente es volverse sordo y creer de verdad en lo que estamos haciendo, confiar en nosotros mismos y seguir adelante sin importar cualquier comentario. La compasión de la gente no nos hace ningún bien, sólo nos hace sentirnos víctimas y acabar compadeciéndonos nosotros mismos. Nunca hay que tirar la toalla, trabajando duro se alcanzan los sueños. Luchad pues, ya que rendirse es de débiles. Sabed que ningún reto es imposible. Y buena suerte en vuestra empresa.
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Y buenas noches...

16 septiembre 2008

Lo que nunca se dijo

Tumbada al sol esta tarde en las piscinas de Mendi, charlando con una amiga y con una tal vez buena persona me ha venido a la mente un cuento que leí en una de las lecciones de inglés en Ipswich, hace escasas dos semanas... El cuento habla de lo que "no se dijo", y más o menos dice así:

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De repente, la vio. Allí estaba, ¡era ella! No era como tantas otras veces, que la veía en el supermercado, en la parada del autobús, allá a lo lejos en la piscina... no. Esta vez ella estaba allí, parada ante un escaparate mirando, sin duda, los zapatos. Quince años y estaba igual, y seguro que por mucho tiempo que pasase su belleza perduraría siempre. Con el corazón palpitando de emoción se acercó a ella por detrás, y ella sólo se percató de su presencia cuando le rozó la hombrera de su chaqueta. Amanda... le dijo, cuánto tiempo sin verte.

¡Jorge! No se lo esperaba. Él le sonrió, no creí que fueses a reconocerme, ha pasado tanto tiempo... ¡Pues claro! ¿Cómo no te voy a reconocer? Pero si la tarde anterior misma había encontrado en los cajones de su vieja habitación las cartas que él le había enviado, cerradas aún y con un lazo, recogiéndolas. Su madre las había ido guardando a medida que llegaban. ¿Qué haces aquí? le preguntó, intentando ahuyentar los recuerdos de su mente, creí que ahora vivías en Londres. Sí, es cierto, pero mi padre murió hace un par de días y vine al funeral a acompañar a mi madre y a mis hermanas. Vaya, lo siento. Intentó parecer apenada, aunque no lo sintiese de verdad. Su padre había sido un hombre malvado que pegó a sus hijos e hizo lo propio con su madre. Sí, gracias, dijo él, sin gran pesar. Sabía que su madre iba por fin a vivir tranquila. ¿Y tú? le preguntó cortés, aunque se moría de curiosidad, ¿no te habías mudado fuera del pueblo? Sí, respondió ella, hace casi dos años que vivo también en la capital, pero he vuelto porque se casa mi hermana dentro de una semana. ¡Vaya, enhorabuena! La verdad es que de su hermana sólo recordaba que era gordita y de bastante mal carácter, se preguntaba quién iría a casarse con ella. Esto... oye, ¿tienes prisa? dijo, desviando el tema. No, dijo ella sonriendo, sólo mataba el tiempo. Pues entonces te invito a matarlo juntos.

Se sentaron en aquella mesa del bar donde años atrás pasaban las largas tardes de verano mirándose el uno al otro detrás de una taza de café. Aquél bar les traía tantos recuerdos... Bueno, cuéntame, al final conseguiste trabajo en aquella empresa suiza de... vaya, ¿a qué se dedicaba? Ya no lo recuerdo. ¡Qué más da! se rió, no, no, al final acabé siendo abogado. ¿En serio?, ¿acabaste derecho? Sí, es todo lo contrario de lo que se podía imaginar, ¿verdad?, de empresario a abogado, y aquí me tienes... Pero, ¿y tú? ¿Eres ya una artista mundialmente reconocida? ¡No! ¡Jajaja! Intentó reírse de lo mucho que distaba su trabajo de parecerse a su sueño, ahora sólo pinto puertas y ventanas. ¡Oh vaya!, tampoco está mal, reconoció él. Recordó lo buena que era dibujando y se imaginó su frustración por no haber logrado su ansiada meta, ser una famosa pintora. Su mente voló hasta un desván en donde guardaba a buen recaudo un retrato que ella le pintó un soleado día de agosto en el campo, era precioso. A veces subía allí arriba y lo contemplaba durante horas, recordando todo aquél tiempo que pasaron juntos. Ella también lo recordaba, pero no se atrevió a preguntar si aún seguía conservándolo...

¡Oh Jorge! Sollozó tras un intenso silencio, ¡no sé por qué me fui aquél día! Tranquila, le dijo él, sólo son tonterías de adolescente. A ella le dolió tanto aquella muestra de indiferencia que tuvo que parpadear varias veces seguidas para evitar derramar las lágrimas. A él se le paró el corazón sólo de pensar que ella se había estado arrepintiendo de haberse marchado de repente de aquél pisito que habían alquilado en el pueblo, aquellas dos habitaciones que habían tallado a medida convirtiéndolas en su paraíso particular... ¡Me tengo que ir! dijo enjugándose las pocas lágrimas que habían conseguido derramarse y poniéndose en pie de golpe. Pero si dijiste que no tenías prisa... ¡Tengo que ayudar a mi madre con los preparativos! Pero si la boda es dentro de una semana... ¡Espera! le gritó por fin cuando ella casi había alcanzado la puerta. Aquella palabra produjo el efecto deseado, como un resorte olvidado que la obligó a pararse. Fue la última palabra que oyó decirle antes de salir corriendo escaleras abajo con una maleta repleta de los mejores años de su vida. Podría darte mi teléfono por si... bueno, ya sabes, tal vez podríamos volver a vernos...

Seis números, un papel con sólo seis números que ella aceptó como si fuesen el tesoro más preciado. Lo guardó en el bolsillo interior del bolso mientras salía del bar a toda prisa. Años después, instintivamente abre la cremallera de ese bolsillo y comprueba que no ha perdido el papel.
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Ambos tenían tanto que decir y no lo hicieron... ¿por qué? Por miedo, por orgullo, por el qué pasará, el qué dirá, el no... Ambos perdieron. A veces en la vida hay que ser osado y luchar por lo que se quiere, a veces no basta sólo con dar pistas, indicios. A veces no es justo esconderse y susurrar al oído de quien quiere verte y no puede. A veces... parece imposible. A veces cuando una imagen, un recuerdo, una persona o palabras te vienen a la memoria debes hacerlo saber abiertamente, pues nunca sabes quién puede estar sintiendo lo mismo en ese momento. A veces el título de "lo que nunca se dijo" debería ser rasgado y arrojado a las llamas mientras se grita, libre por fin de cualquier cadena que te reprima, lo que tanto se ansía hacer saber.

Porque si no, nos lo perdemos. Nos obcecamos en pensar que al otro le da igual, o que "ni lo sabe ni le importa". Y duele, esa indiferencia duele, y la ignorancia de enterarse después de lo que pudo haber sido y no fue pues más todavía. Duele. Por eso, a veces hay que ser valiente y, alto y claro, tanto con como sin esa máscara que nos da seguridad, echarle un partido al atrevimiento y dejarse de tonterías. El "no" ya lo tenemos, ¿eh?

Siempre lamentaremos, y lamentamos, el no haber dicho "eso" que queríamos decir a esa persona que tenía que saberlo. Y más aún cuando esa persona no lo dijo porque temía que tú ya no pensases "eso" que ahora te quita el sueño, de ganas de decírselo. Y de nada vale después comerse la cabeza, o mandar mensajes camuflados en las nubes y en los sueños. Tuviste una oportunidad y la dejaste escapar. Pero nunca es tarde, así que por una vez (y para siempre) alza la cabeza, pecho bien henchido, y teclea todo aquello que un día te desviviste por escribir pero que el miedo a equivocarte no te dejó. Y aunque te escondas tras una firma anónima, te encontraré, descifraré y entonces lo sabré.

09 julio 2008

El cuervo

Pudo perfectamente haber sido un viernes normal y corriente, si exceptuamos que lo que pasó no tuvo nada de 'normal y corriente'.

Escasos minutos antes de que sonase el despertador, algo me hizo sobresaltarme y despertarme en el acto. Me quedé quieta unos instantes, tratando de acordarme del sueño que un súbito movimiento de piernas había interrumpido. Había sido muy... ¿bonito? No, creo que no es esa la palabra adecuada... ¿Especial? Yo estaba dentro de una habitación hecha de sendos ladrillos encajados unos con otros por su propio peso. No había ventanas ni rendijas, tan sólo una puerta que estaba cerrada a cal y canto. Alguien jugueteaba con la llave haciéndola girar entre los dedos de una mano morena y recia.

Recuerdo que yo sólo quería coger la llave y abrir esa puerta; no para escapar, ya que me encontraba allí por voluntad propia, sino para ayudar a escapar a ese ser que poco a poco se debatía entre luchar para salir adelante o sumergirse eternamente en esa cárcel de piedra que tantos años de miedos infundados habían ido creando. El caso es que cuando su mano estaba a punto de rozar la mía que, extendida hacia él, reclamaba esa llave para cerrar por fin todas las (mis) heridas, me desperté. Y lo que más rabia me dio no fue el hecho de quedarme sin saber cómo iba a acabar todo aquello (a veces pienso que nunca lo sabré), sino que cuando empezaba a dormirme de nuevo sonó el estúpido despertador (uf, ¡cómo lo odio!).

El caso es que me levanté nerviosa, como siempre, y me preparé un bol de leche con cereales, como siempre también. Hasta ahí, nada nuevo. Ducha y vestirme, a todo correr (como siempre). Rescaté el trabajo de lengua de las garras de la carpeta y me dirigí al autobús. No me lo podía creer, ¡había llegado a la parada a tiempo! Y sin tener que correr ni esperar nada, ¡imposible! Las 10:05. -Hoy es mi día,-pensé. En cuanto el autobús cerró las puertas y se empezó a alejar poquito a poco, por el tráfico, de la parada que más cerca queda del trabajo de mi padre, se me ocurrió echar un vistazo al trabajo. La 17, bien; la 18, ajá; la 19... la 19... ¿y la 20? ¿y la 21? ¿y...? ¡Oh, no! ¡Mi santo padre no me había imprimido bien el trabajo! ¡Y hoy era el último día para entregarlo! ¡A las 12 en punto se acababa el plazo! Y la siguiente parada está en las conchas, a miles de kilómetros (más o menos) del centro de trabajo de... ¡mierda!

Pero quiso la divina providencia que la suerte me sonriese un poquito aquella mañana. Me bajé de un salto apenas se habían empezado a abrir las puertas de atrás y corrí a la cabina de teléfonos más cercana puesto que había olvidado mi móvil en casa. Llamé a mi padre. Me marearon de un despacho a otro, con eso de que están de obras y que han cambiado todo de sitio, y para cuando oí su voz yo ya estaba empapada en sudor y con los nervios a flor de piel. Las 10:30. Le comenté lo que ocurría y le dije que me pasaría por allí en un cuarto de hora, y que por favor, me tuviese los documentos impresos. Así que corrí como un gamo, como un demonio, como un galgo... como quieran ustedes, bajo el sol abrasador. Las 10:50.

Lo encontré hablando por teléfono en su nuevo despacho, una salita alargada que compartía con dos compañeros más. Tres mesas, casi una encima de la otra, hacían las veces de oficina. Cojí los papeles, ordené el trabajo y me senté a recuperar el aliento. Como vi que no hablábamos más que de cosas sin sentido, me levanté y, con la excusa de tener luego más recados que hacer, me despedí de todo el mundo y me fui (cabe destacar, que con la mitad de la gente que se encontraba por allí en ese momento había estado yo bailando la noche anterior, pero eso es otra historia). El caso es que volé más que corrí sin poner atención siquiera a por dónde tenía que ir pues mis pies me guiaban, cuando de repente una mano me apretó el hombro. Me di la vuelta y vi a mi padre jadeando con mi bolso en la mano. ¡Pobre, menuda carrerita! -Joder niña, qué rápido andas... En fin.

A las 11 y diez cruzaba yo la calle San Antonio como una exhalación camino de la uni. Al doblar la esquina, subí la cuesta y me sorprendí por la enorme cantidad de gente apostada en frente de la uni de farmacia. Después, al cruzar entre el gentío y saludar a un par de caras conocidas bajé de las nubes. -Jeje, pringuis, yo ya pasé la selectividad... Total, que a todo correr llegué a su despacho. Eran ya las 11 y media, y he de reconocer que si se me hizo tarde fue porque di bastantes vueltas (qué vergüenza, ¡a día de hoy no me conozco la uni!). Cuando llegué la puerta de su despacho estaba abierta, y dentro estaba... nadie. Creí morir en ese mismo momento, tal vez a causa del calor, tal vez a causa del estrés, hasta que alguien me sacó de mi ensimismamiento. -¿Buscas a Marga? Acaba de salir (¿¿¿Quéeee???) al baño (aaahhh...) y ahora viene. Efectivamente, mientras leía yo distraída algunas de las frases que han colgado por todo el edificio, apareció la profe. ¿Cómo explicar lo que sentí cuando deposité con sumo cuidado (¡Mentira! ¡Lo tiréee!) el trabajo sobre su mesa? Alivio, sentí una mezcla de alivio y alegría. Me despedí y me pasé por el despacho de la de francés. No estaba, tendría que mandarle luego un correo.

Salí triunfante de allí, y reconocí entre la gente que descansaba entre examen y examen a dos personas que... ¿cómo decirlo? Dan bastante por el saco. Una de ellas, falsa, hasta hace dos días me saludaba efusivamente con dos besos cada vez que me veía, y luego me contaron lo que realmente pensaba de mí. Y otra que, una de dos, o nació con algo que huele muy mal pegado en el labio superior o es que pone cara de asco cada vez que me ve. Sonreí para mis adentros y me dirigí a la calle Florida. Me apetecía comprarle un caprichito a Pipo. ¿Barritas de miel con cereales? ¡Ideal! Salí de allí con una frase en la cabeza. Acababa de pronunciarla el dependiente como respuesta a mi pregunta de si el gato canela de angora que estaba siempre tumbado encima del mostrador no se comía a los peces de las peceras que estaban a su lado... -No, misteriosamente, no se los come. Me encantó. Decidí que ya era hora de regresar, aún había que comprar algo para comer nosotras y sacar a Pipo de la jaula. Atajé como siempre por el parque de la Florida y, caminando entre las piedras y una vez pasados los bares algo captó mi atención y me hizo pararme unos pasos después. Me volví y dirigí la vista al suelo.

Allí, debajo del banco de piedra que rodea ese trozo de parque había un pájaro negro. De pequeña estatura, no había ni rastro de color ni en las plumas, ni en la cola, ni en el pico... sólo el brillo de sus ojos hacía ver que estaba vivo. Lo miré y me miró, somnoliento. Al principio pensé que estaba enfermo, luego aburrido, y finalmente me acerqué a él. No se movió. Me agaché a su lado y giro la cabeza para mirarme, curioso. Por extraño que parezca, no parecía que mi presencia le inquietase lo más mínimo. -¡Valiente sinvergüenza!-pensé. Como seguía sin hacerme caso, le toqué el pico. Ni se inmutó. Sé que fue muy imprudente por mi parte, ya que podía haberme picado o, peor, contagiado alguna de esas modernas enfermedades que se están descubriendo ahora, pero sentí que tenía que hacerlo. Con la fuerza de mi dedo, el pájaro se vio obligado a inclinar la cabeza, como si asintiese. De pronto, parece que cayó en la cuenta de que cualquier otro pájaro en su lugar habría salido volando en cuanto un humano se hubiese parado delante de él... y por fin hizo lo propio de su especie. Me miró por última vez, me puso el culo y se fue. Con gráciles andares, se alejó de allí hasta que tuvo sitio para echar a volar. Y ahí me dejó, boquiabierta y con un palmo de narices.

En el autobús, me reí mucho (por dentro). La verdad es que no sé por qué cuento esto, seguro que nadie me cree. De hecho, a quienes se lo he contado hasta ahora no lo han hecho. Dicen que tal vez lo haya soñado, pero no, es real, tan real como que aún siento el roce de su pico contra mi dedo. Fue una de esas 'cosas que pasan'... y que no son para nada 'normales y corrientes'.

[[Abrí de par los postigos
y entró, cual si fuera amigo,
con revoloteo ruidoso,
un cuervo majestuoso.

No hizo reverencia alguna,
y con un aire altanero
de dama o de caballero,
sin batir casi sus alas,
con la mirada despierta
saltó, se posó en la puerta,
luego en el busto de Pallas,
y nada más. ]]

11 junio 2007

Ha pasado un ángel

Sucedió en octubre, en una de aquellas magníficas tarde noches de verano con las que se dignó obsequiarnos el frío señor invierno antes de dejarse caer por Vitoria. Hacia las nueve de la tarde, o algo así, recuerdo que volvía a casa sumida en mis pensamientos. Caminaba como siempre sorteando a los transeúntes y rápido, pero sin prisa. Iba por la calle de detrás de mi casa. Es una calle estrecha que limita por un lado con mi edificio y por el otro con un gran jardín, algo seco en aquél momento ya que aún no habían caído aquellas lluvias torrenciales que tanta lata darían escasos meses después.

No suele ser una calle muy frecuentada porque es pequeña, pero aquél día víspera de fin de semana la gente se arremolinaba en torno a la terraza del bar situado en una de sus entradas. Las mesas estaban llenas de gente disfrutando de la agradable temperatura y bañándose con los últimos rayos de sol que, aunque débiles, se hacían notar. Y yo, empapándome como el resto del mundo de aquella cérea luz natural, me dirigía hacia el otro extremo, ese que da al parque que ha sido testigo de tantos momentos bonitos de mi infancia. La gente iba y venía, discutía despreocupadamente sobre el último partido de fútbol o charlaba de cosas banales riéndo a carcajadas. Y yo, ajena a sus conversaciones, avanzaba con la mirada perdida entre las rayas de las baldosas. Pensaba en el día que había tenido, imaginaba el de mañana, reflexionaba sobre posibles errores cometidos hasta la fecha y sobre la manera más eficaz y correcta de subsanarlos... En resumen, me iba 'comiendo el tarro'. Ya estaba muy cerca del parque cuando (y ahora viene la parte más difícil de explicar).

A mi izquierda el jardín y a mi derecha el edificio, en frente el parque y doblando la esquina el camino hacia mi casa. Tres metros antes de la esquina el edificio está como metido hacia dentro, cosa de metro y medio, y forma otra esquina. Digamos que es como si esa fachada del edificio tuviese forma de U. Y allí fue, en esa esquina, donde sucedió. Un sueño, una ilusión... ¡Quién sabe! Jamás había visto algo tan hermoso. Seguramente no pasaron más de cinco segundos desde que la vi hasta que dejé de verla, pero aquella imagen se grabó en mi mente para siempre. Una niña, una criatura extraordinaria estaba allí, de pie, esperando. Tal vez a su padre o a su madre, no lo sé. Llevaba puesto un vestidito rojo con estampados otoñales, una pamela escarlata graciosamente ladeada en la cabeza y unas merceditas a juego. Trenzas doradas perfilaban su cara, y sus manos asían firmemente los extremos de tres sendas correas que sujetaban a un cocker, a un galgo y a un rottweiler enorme.

A su derecha, el galgo estaba tumbado, pensativo, descansando. Al principio parecía no mostrar ningún interés por la chiquilla, pero alzaba enseguida la cabeza, inteligente, cada vez que alguien pasaba por su lado. El rottweiler custodiaba aquel tesoro desde la izquierda. Estaba sentado, erguido orgullosamente, y pasaba la vista de un lado al otro, nervioso. Iba sin bozal, y cuando gruñó al acercarse un viejo más de lo debido y dejó entrever sus enormes colmillos blancos tuve miedo de que un día pudiese atacar a la niña. Pero bastó con que ella le pasase una mano por la cabeza para tranquilizarlo. Incluso sentado, el perrazo era mucho más corpulento que ella. El cocker, delante, la miraba juguetón, animándola de vez en cuando con alguna carantoña a la que la niña correspondía con una sonrisa.

Y fue después de verla sonreír cuando miré al cielo, absorta, intentando encontrar el agujero por donde se había escapado aquel ángel. No cabía duda de que la niña, traviesa, se había fugado en un desesperado intento de llamar la atención de aquellos que, tan ocupados con su trabajo, no tienen tiempo de jugar con ella. Eso explicaba por qué el sol aún no se había ido a dormir: ¡tenía que alumbrar bien la Tierra para encontrar a aquella diablilla! Seguramente mandaron a los perros a buscarla, y ahora ellos la estaban cuidando hasta que otro ángel bajase a recogerla. A punto estaba de perder el contacto visual con la escena cuando la niña se giró de golpe y me miró. Y su mirada era tan limpia, tan clara, tan inocente y sincera, tan perfecta que el tiempo se congeló.

Lo siguiente está algo borroso. Sé que de repente me encontré con un vecino que me sujetaba amablemente la puerta para que entrase al portal. Algo extraño debió notar, pues me preguntó si me encontraba bien. Después recuerdo que oí a lo lejos la voz de mi madre diciéndome que estaba muy pálida, que me acostase un rato. Obediente, aún no me había metido en la cama y ya estaba soñando. Soñé con una enorme pirámide dorada que brillaba tanto que no dejaba distinguir quién era la persona que estaba llamándome desde la cima. Luego esa imagen se transformó en un laberinto muy oscuro hecho de arbustos, con muchas hormiguitas por el suelo que yo no podía ver pero que sí oía trabajar: ¡Ayúdame a coger hojitas! _ me pedía una de ellas...

Me desperté bien entrada la noche. Lo último que recuerdo es que corrí escaleras abajo y derrapé en cada curva hasta llegar a la esquina. La calle estaba desierta y no había rastro alguno que me demostrase que lo que había sucedido era real, que no lo había soñado. De pronto se levantó el viento y su ulular me envolvió en una sensación que no puedo describir con palabras. Oí de fondo la risa de una niña jugando con su padre, con su madre, con sus hermanos y amigos, con todo el mundo. Esa risa infantil me perforó los tímpanos al mismo tiempo que vaciaba mi cabeza de todo pensamiento negativo. Una vez más dirigí la mirada al cielo y esperé. Esperé y desesperé hasta que una nube se movió y la luna brilló un instante. Entonces todo pasó muy rápido: entrecerrando los ojos, apenas pude distinguir a la niña que, flanqueada siempre por los perros, me miraba desde arriba. Y después de disfrutar del eterno segundo que duró su última sonrisa y antes de que mi ángel se esfumase para siempre entre las nubes suspiré y, surcadas mis mejillas de dulces lágrimas de cocodrilo... sonreí yo también.

PD--> [ * Los ángeles existen, pero cuando no tienen alas los llamamos amigos. * ]

12 mayo 2007

Agua

Anoche tuve un sueño. Yo estaba tumbada en el sofá de mi casa viendo una película después de cenar, con todas las puertas del salón cerradas. Para quienes no lo sepan, en mi casa la televisión está en el salón, que es la habitación principal, y alrededor están las puertas de las habitaciones. Contrariamente a lo que me encanta hacer, que es apagar la luz de la sala para poder así concentrarme únicamente en la película, la luz permaneció aún largo rato encendida para que Pipo comiese (bendito animal, ¿pues no me recompensó luego el detalle gritando histéricamente a las 9 de la mañana del día siguiente?). De pronto, sentí que me estaba muriendo de sed.

Saberte la película de memoria te da la libertad de poder levantarte, distraerte o ir al baño; con ver el principio y el final ya vale. El caso es que cogí de mi habitación mi fiel botella de agua, vacía, y me dirigí a la cocina a llenarla. De vuelta al sofá, apagué la luz. Con la garganta reseca aún no me había sentado y ya tenía el tapón desenroscado. ¡Qué sed! ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Me acerqué la botella a los labios, pero sin beber, y disfruté por un momento del agua refrescando mi boca. No aguanté mucho, la sed me apremiaba, y bebí un largo trago. El agua me supo a rayos. ¡Agh! Posiblemente, el reciente sabor de la pasta de dientes provocó esa reacción. Volví a beber, pensando que esta vez no ocurriría lo mismo... pero me equivoqué, me supo aún peor. ¿Qué pasaba? Ni idea. Me concentré en la película.

Distraída; por inercia, tal vez; al cabo de un rato volví a llevarme la botella a la boca con el consiguiente gesto de asco: ¡cada vez sabía peor! Y no sólo eso, ¡ahora el agua tenía como arenilla dentro! (Repungante, de verdad, cada vez que me acuerdo...) Algo fallaba, esto ya no era normal, así que cerré la botella y me dirigí a la cocina.

Encendí la luz, y ahogué un grito. El agua tenía, en efecto, arenilla dentro, ¡pero arenilla rojiza! Era como si hubiésemos cogido el agua directamente del mar, ya saben, cuando sube la marea, y la botella se llena no sólo de agua sino también de arena y sal... ¡Me preocupé mucho! Abrí el grifo, y una sustancia escarlata y brillante cayó al desagüe. Corrí al cuarto de baño, abrí el grifo de la bañera, el del lavabo, incluso tiré de la cadena del water... con el mismo resultado. Horrorizada, corrí al frigorífico, lo abrí, y no encontré ninguna botella de agua dentro (mi madre y su maldita manía de tirarlas todas a la basura...) ¡Y yo me moría de sed! Así que mezclé lo que había quedado del batido de fresas que había preparado aquella tarde con un poco de zumo que encontré por ahí, apuré la bebida de un trago, ¡y no hice sino avivarme aún más la sed! No podía más, me estaba agobiando de verdad, ¿sería posible que el agua se hubiese agotado y que lo único que quedaba fuese una escasa reserva escondida en los manantiales subterráneos, mezclada con minerales y hierro, que le daban aquél asqueroso sabor?

Me desperté sudando. Parece mentira, y seguramente este relato no le haga justicia a la angustia que viví, pero créanme, en cuanto me recuperé del susto cogí la botella de agua de mi cuarto y la vacié de un trago. ¡No malgasten el agua!

[ * Enzarzada en una encarnizada lucha contra las sábanas, gemía volviéndose más y más pequeña. Desesperada, intentó saltar al vacío, y cuál fue su sorpresa cuando vio que el suelo se acercaba a ella a velocidad de vértigo... * ]

11 abril 2007

Un encuentro inesperado

A mediodía, termina por fin la clase de lengua (que no es que no me guste, pero tenía ganas ya de que empezase el fin de semana y descansar). Sorteando malamente cuantos charcos aparecen a mi paso, me dirijo, como siempre, a la catedral, a coger el autobús para ir a casa. En la parada, cuatro personas:

Una señora mayor, tose que te tose, con unos guantes de piel marrones clarito; un hombre de entre sesenta y sesenta y cinco años, a lo suyo con un paraguas a cuadros abierto debajo del techo de la parada; una joven, engalanada con unas botas negras de tacón de infarto, chupando frío como nadie con una chaquetita de verano, y un misterioso individuo con una gabardina verde oscura que le llega hasta los pies y un gorro azul de lluvia calado hasta los ojos. Paraguas (cerrado) en mano, este último me dirige una breve pero intensa mirada cuando llego a la parada y en seguida gira la cabeza hacia otro lado. Casualidad, sin duda.

El tiempo transcurre, y el autobús que no llega. Mi mp3 empieza a dar muestras inequívocas de que está cansado, de que necesita que le "ponga las pilas". Con todo el trote que lleva últimamente, el pobre, decido darle un merecido descanso y lo apago. Gracias, Rojito, por todo. Me concentro en el ruido de la calle. No en el de los coches, ese lo tengo ya muy visto, sino en el de las gotas de lluvia que perforan la nieve. Fantástico. Absorta en mis pensamientos, noto que alguien me está mirando. Cambio ligeramente de postura para poder mirar hacia mi izquierda con disimulo. Es él. Otra vez él.

Llega el autobús. Está bastante lleno, por lo que nos apiñamos todos como podemos. El susodicho individuo está a escaso metro de mí. Ahora no me mira, sería demasiado evidente. Sin darle mayor importancia, me distraigo con el paisaje. ¡Hay que ver la que ha liado la nieve en dos días! Ha sido tan gordo que la lluvia, envidiosa, quiere rematar la faena. ¡Que nos pillen confesados! No será este año cuando hablen de sequía, no... ¿Alguien tiene sed?

Menudo trajín. Entre las viejas (con todo el respeto del mundo, pero también con esa sorna que se ganan a pulso) que empujan y desesperan por encontrar un asiento libre inexistente; los viejos que, por hacerse los galanes, empujan a diestro y siniestro para hacerles sitio (no se esfuercen, ¡van a ciegas!), y lo estrecho que es el pasillo del urbano... ¡No hay quien se concentre en reflexiones filosóficas! El hombre, semioculto entre el gentío, me dirige un amago de sonrisa que no sé interpretar.

Lleva el pelo largo (por los hombros), castaño pero con signos evidentes de que ha vivido muchos años. Es alto, de complexión hercúlea, y lleva una bufanda de estas modernas que les quedan tan bien a los pijos (¡uf...!), pero que se mata un poquito con su gabardina de tela verde... Poquito a poco me han encerrado en el espacio que queda al lado de la puerta del autobús, la del medio, y nos aproximamos a una parada clave: la que está justo antes que la mía, ¡donde se baja todo el mundo! Y yo en medio...

Y las venerables ancianitas de la caridad, para no faltar a sus buenas costumbres, casi me bajan del autobús a codazos, de esos que te dejan un minuto sin aire... Pero lo que más me gusta de todo esto es que, en lugar de, pacientemente, aguardar a que te hagas a un lado (pues está claro que ellas se quieren bajar), no sólo te saltan encima impidiéndote cualquier movimiento y con el consiguiente puñetazo en el estómago (sí, sí, ¡no vean que fuerza tienen las condenadas!), sino que hasta incluso, si te has portado bien y no te has retirado a tiempo, puedes, como me ha pasado a mí hoy, llevarte de recuerdo una frase memorable del tipo: "es que si no te quitas de en medio..." Sí, señora, sí. Tiene usted toda la razón. Verá, es que a mí me gusta que me pateen las piernas y por eso me pongo en este sitio a propósito, ¿comprende? Venga ya...

Nadando a contracorriente y haciendo frente a todas las adversidades, consigo quedar sana y salva dentro del ahora vacío transporte público. No lo vuelvo a coger en hora punta, palabra. Sin poder borrar la mueca de ironía que plasma mi media sonrisa, me doy cuenta de que el hombre está a mi lado, y sonríe. Desde aquí abajo (¡pero que conste que no soy bajita!) observo su perfil aguileño, su pelo, que ahora se ve más grisáceo que antes, y sus ojos... Es en ese momento cuando me doy cuenta de que me recuerda a alguien... y no puedo dejar de mirarle. Se va a percatar, e incluso puede que le siente mal pero... no lo puedo evitar. En el escaso trayecto que hay hasta mi parada, me fijo en los detalles, e intento grabarme su imagen en mi mente. Lleva un pendiente en la oreja derecha, semioculto entre el pelo, sus manos son recias y firmes, y sus zapatos, amarillos de piel, parecen barcas... De cerca me impresiona, así que me controlo...

Fin del trayecto, voy a bajarme (a regañadientes por no poder seguir a su lado) y de repente oigo una voz cálida a mi lado que me paraliza y que dice: "es que si no te quitas de en medio..." Y su sonrisa hace que el sol salga por un instante, bañe el momento, y desaparezca cuando el hombre salta del autobús a la acera, abre el paraguas con una sola mano y se dirige a su destino... Petrificada por su mirada, sólo un conocido puñetazo, esta vez en la espalda, me saca de mi ensimismamiento. Me apresuro a bajar del autobús y seguirle. Lleva mi mismo camino. Mataría por que entrase en mi portal, pero se desvía...

¿Qué me ha pasado? ¿Cómo he podido sentir tan repentina excitación al encontrarme con un extraño que no había visto en mi vida? Después de comprar el pan, quitarme las botas y cambiarme de ropa, enciendo el ordenador, y mi corazón aún late descontrolado mientras escribo. Ese hombre me conocía, ¡lo sé! Y, por alguna extraña razón, ¡sé que yo también lo conocía a él! Tal vez tuvimos algo que ver en otra vida... Y no es la primera vez que me ocurre. Me era tan... familiar...

23 marzo 2007

Relato

Es la historia de un viaje, del principio... no, del principio del fin. Antes, el fin sólo podía significar el final... pero ahora sé que el final no es sino el comienzo de la siguiente aventura.

Se despertó. Las lágrimas surcaban su rostro. Las sábanas se pegaban a su cuerpo, empapado en sudor. Presa de una repentina excitación saltó de la cama. Ansiosamente, tiró de la cuerda de la persiana y abrió de par en par la ventana. El aire frío de la noche le impactó en los ojos, pero aquello no le hizo parpadear ni por un momento. Buscaba frenéticamente en el cielo hasta que, por fin, la vio. La luna estaba llena. Después, cerró los ojos y escuchó. El griterío había cesado, la ciudad estaba en calma. El momento se acercaba; la oportunidad era única.

Supo entonces qué era exactamente lo que tenía que hacer. Sin vestirse, bajó apresuradamente las escaleras y se precipitó a la calle. El presentimiento se avivaba cada vez más. Tiritando, con el corazón en un puño, anduvo durante más de media hora por calles desconocidas. A cada paso que daba, el suelo parecía estremecerse bajo sus pies descalzos. Apretó el paso. No por el frío de la noche, no por miedo a la oscuridad, sino por el ansia de llegar cuanto antes. La silueta de un espeso bosque se recortó de pronto a lo lejos. Supo que era allí. Empezó a correr desesperadamente.

Toda sensación de frío o dolor desapareció en cuanto puso un pie en el sendero. Sintió que le invadía la calidez de aquel frondoso bosque. Ni rastro de alma alguna. Esperanzadamente siguió su camino, la búsqueda de aquello que tenía completamente absorbida su mente. Vanamente, la luna intentaba violar la oscuridad del bosque, pero los árboles sabían guardar muy bien el misterio. Cada cierto tiempo, un pétalo oscuro, brillante, se dejaba entrever en el suelo, como si quisiese indicarle el camino. Pero no era necesario. ¿Cómo iba a serlo, maldita sea, si aquél era el mismo sendero que acababa de serle revelado en sueños escasas horas antes?

Caminaba a ciegas. La obsesión por encontrar aquello que ansiaba, aquello que le había llevado a abandonar desesperadamente su cama... era inmensa. Su cabeza, ciega y sorda a todo lo ajeno a su único objetivo, recordaba claramente la visión del lugar exacto, el emplazamiento de... ¿de qué, exactamente? No era un tesoro, ni una joya... no era dinero; no era "algo" que pueda describirse con palabras... bueno, sí, pero no en ese estado de exaltación. Era algo único e inigualable; lo exorbitado de su valor lo convertía, por así decirlo, en algo mágico. Ya no era un pétalo, eran cientos.

La hora estaba cerca y, aún así, los segundos eran interminables; y los minutos, eternos. El suelo, antes embarrado y cubierto ahora por un negro manto de pétalos de rosa, disimulaba las raíces de los árboles. En varias ocasiones le hicieron tropezar, caer, pero nunca le arrancaron una blasfemia, un lamento... ya habría tiempo para ello luego, después, al final. Afiladas hojas de acebo arañaban su cara y el ébano, negro azabache, lo envolvía todo en la oscuridad. Pero daba igual. Sólo importaba llegar. Primera bifurcación a la izquierda; segunda, a la derecha. Después, todo recto. Suavemente, el murmullo de un arroyo cercano dejó percibir sus primeros acordes, y la música del bosque le perforó el alma. Sus sentidos estaban ahora poseídos por el afán de alcanzar aquella meta. A tales alturas, la situación empezaba a verse imposible y, sin embargo, lo había deseado durante tanto tiempo... Sí, esa era la noche, era su noche, y nada ni nadie podría jamás impedirle llegar; hasta el final.

El sendero moría en la orilla del río. Sin pensárselo dos veces, se metió. Con el pijama empapado, nadar resultaba una ardua e incómoda tarea que pronto hizo que sus fuerzas flaqueasen. Vagamente, la idea de abandonarse a la corriente empezó a rondar sus pensamientos. Se encontraba al límite cuando un súbito y brusco cambio de sentido en el cauce le hicieron chocarse contra un enorme tronco, al que se aferró con una última esperanza. Su cuerpo, zarandeado con pasión por las aguas, poco más podría aguantar. El cansancio y el sueño hacían mella en el falso vigor aparente en un principio...

Permaneció medio inconsciente durante un largo rato. La furia del caudal se transformó de repente en una calma inmóvil. Aquella maravilla de un paisaje que provocaría delirios en la mente de cualquier pintor surgió de la nada ante de sus ojos. Y lo vio. Es decir, volvió a verlo. Pero esta vez, era real: un lago inmenso, bañado tenuemente por una tibia luz que parecía brotar de la misma agua. Se dejó arrastrar hasta el mismísimo centro. Más y más pétalos flotaban en el agua. Allí estaba. Nunca supo cómo consiguió sacarlo de allí y llegar a la orilla.

...

El recuerdo de la victoria aun me eriza los pelos de la nuca, y un escalofrío recorre mi espina dorsal. Por fin, tras un leve roce de mis manos por su lomo, vime sumergida en el olor, mezcla de rosa y azufre, que me invadía al pasar, embelesada, sus páginas. Era el libro del destino. Su contenido nunca podrá ser olvidado.

A día de hoy, recuerdo perfectamente la estilizada caligrafía de sus finas hojas, el murmullo que provenía de ellas, y todo cuanto me revelaron. Les aseguro que hay secretos que es mejor no saber nunca, pero el saber no hace daño, sino el que sepan que lo sabes.

Lección número uno: "Uno es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que habla."

7 noviembre 2006