miércoles, 2 de noviembre de 2011

Recuerdos, maldita sea.

A punto de cerrar el portátil algo ocurre, llámalo instinto. Tal vez sea el momento de visitar aquél paraje silencioso. Silencioso, pero no olvidado. No ha sido ausencia, sino distancia. Prudente distancia. Cruza el puente sin esperanza alguna. Dos nuevos mensajes. Es la hora, hoy no toca dormir.

Triste historia, sin duda. Personajes que se ven envueltos en un trágico romance. Recuerdos, maldita sea. Frustradas lágrimas de impotencia que no dieron lugar al odio ni al rencor, sino a la rabia de saber que sólo una última mirada hubiese bastado para comprenderlo. Él huye, y ella arregla los pedacitos con cello. Ni ella se harta ni él se arrepiente. Seamos sinceros.

Ésta es la otra historia, o mejor, un corto. De cómo un abrazo lo curaba todo.

Hace tiempo que ocurrió, chica conoce a chico. Hasta ahí estamos de acuerdo. Cine, fiesta y beso. Lo típico. Quedadas, paseos, charlas y risas, buenos momentos. Y se acabó. Ni una excusa barata, ni una mentira, nada. Sólo silencio. Ese fue tu fin. Un fin abierto.

De todo lo demás no puedo sino hacer conjeturas. ¿Sentimientos que asustan? ¿Miedo a lo desconocido? ¿A no saber cómo reaccionar? Patrañas, ¿o un desesperado intento por arreglarlo todo? Cómo saberlo a ciencia cierta, si cualquier relación con el mundo real no es sino mera coincidencia.

En cualquier caso, no hay odio, no está en su naturaleza. No la imagines odiándote. Y que su recuerdo no duela, ¡por dios! Bastante con que una lágrima recorra su mejilla mientras publica todo esto.