viernes, 19 de diciembre de 2008

Relato (4º parte)

Al parecer, al joven le urgía encontrar un sitio donde dormir y un trabajo, y asegurando que había encontrado la taberna por casualidad se ofreció como camarero. En los largos paseos que ella daba al alba después de que todos se acostasen y hasta un segundo antes de que saliese el sol había podido comprobar que la taberna estaba a varias millas de cualquier zona habitada. Los borrachos eran, casi todos, miembros de alguna expedición de reconocimiento del bosque que se perdían y acababan ahogando sus penas en el alcohol, por lo que no le dio más importancia al origen del misterioso futuro camarero. Posiblemente era un joven extraviado o alguien que, como ella, había estado vagando sin rumbo fijo.


El posadero le explicó que desde la taberna subía una escalera de caracol sólo hasta el primer piso, donde dormían los huéspedes, de manera que nadie podía acceder al segundo piso, donde dormían el posadero y ella, y a partir de ese momento también él, si no era a través de la sala contigua. Un letrero de ‘privado’ mantenía a los curiosos alejados de la salita, si bien es cierto que a ningún borracho le había picado nunca la curiosidad de entrar allí. Siempre que hubiese una gran jarra de cerveza en la barra la intimidad de sus aposentos estaba asegurada. Tras un breve resumen de las tareas que debería cumplir, un ruido de sillas hizo que ella corriese escaleras arriba y se refugiase en su habitación.


Aquella noche no salió de su alcoba más que para ayudar al posadero a vaciar el bar. No paseó y apenas cenó un poco de la sopa que le ofrecía su salvador. Todas sus energías estaban concentradas en la habitación del fondo, donde a partir de ahora dormiría el nuevo huésped. Pasó las horas muertas con la oreja pegada a la pared que daba al pasillo, pero no oyó nada; ni un murmullo, ni un suspiro... sólo silencio. Y tal vez fuera ese maldito silencio lo que la consumía. Notaba un fuerte dolor en el pecho, como si alguien presionase su corazón con un puño. Un par de veces estuvo a punto de correr y llamar a la puerta pero se contuvo, algo la hacía dudar. Su cuerpo era un campo de batalla, sus ojos brillaban como nunca, se mordía los labios sin darse cuenta y mariposas en su estómago la hacían soñar despierta. Tenía que verle, oír su voz, acariciar sus mejillas y descifrar su mirada…


Continuará...

lunes, 1 de diciembre de 2008

Relato (3º parte)

Se despertaba cada noche con dos golpes en la puerta. Se levantaba rápidamente, se peinaba cuidadosamente el cabello y se lavaba la cara y el cuerpo, que luego escondería bajo la túnica. Ya sin hacer ningún ademán de abrir, esperaba nerviosa a que la manilla girase y la puerta se abriese, y se dejaba llevar por aquella sonrisa encantadora y aquél ‘Buenas noches’ que protagonizaba siempre sus sueños. Después bajaba las escaleras hasta la planta baja y se dirigía a una habitación contigua a la taberna, donde comía y se entretenía escuchando las voces de los borrachos que frecuentaban el bar.

Hospedada en casa de un posadero caritativo, transcurrieron varios meses sin que nada alterase lo más mínimo su paz interior. Empezaba a sentirse realizada hasta que una noche, a las doce en punto, un desconocido entró en la taberna. Sin poder evitar la curiosidad, se asomó discretamente a través de la puerta del enorme salón que hacía las veces de bar. Sólo se le permitía acceder a esa estancia a altas horas de la madrugada, cuando el alcohol hacía mella en los borrachos y únicamente para ayudar al posadero a echarlos de allí. Misteriosamente, mientras el posadero se las veía para arrastrar a los gordos y ebrios rufianes hasta sus aposentos que ocupaban todo el primer piso, bastaba con un amable ‘márchese, por favor’ salido de los labios de ella para que automáticamente, cual resorte en el trasero, todos se fuesen a dormir por su propio pie. Puesto que esta habilidad le era de gran ayuda al posadero permitía que ella se quedase en la casa.

Pero aquella noche todo fue diferente. La luna estaba llena y brillaba más que de costumbre, y el hombre que había entrado en la posada no era como los demás. A diferencia de los que frecuentaban el local, éste era joven, alto y ágil. Enfundado en un largo abrigo de cuero negro, con la mitad del rostro cubierto por el cuello de una camisa oscura y con un sombrero de ala ancha en la cabeza que dejaba sus ojos en sombras, se acercó a pasos agigantados hasta la barra y mantuvo una breve conversación con el posadero. Éste último parecía confuso al principio, pero tras un breve comentario del desconocido sonrió y ambos se estrecharon la mano. El posadero le rogó que esperase un momento, y se dirigió a la sala contigua desde donde ella no perdía detalle. Amablemente le pidió que los dejase solos durante un tiempo, ya que debía tratar un asunto de negocios con cierta persona. Ella asintió, pero no fue muy lejos. Subió parte de las escaleras que conducían al segundo piso desde la sala contigua y se sentó a escuchar lo que pasaba.


Continuará...

viernes, 28 de noviembre de 2008

Relato (2º parte)

Un ruido sordo la despierta, alguien llama a la puerta. Muy a su pesar se obliga a abrir los ojos. La pintura descorchada de las paredes y el techo le dan un toque lúgubre a la estancia. De pronto se da cuenta de que está hundida en una cama improvisada con un par de colchones de lana tirados sobre un montón de paja. Deduce por la luz del sol que se cuela entre las rendijas de la persiana que ya es tarde, el sol debe estar acostándose por poniente. Eso significa que lleva durmiendo unas dieciséis horas seguidas. Una vieja alcoba apolillada sujeta un espejo polvoriento.

Dolorida, intenta incorporarse. Hace días que no come nada sólido, y su cuerpo está desfallecido. A duras penas logra ponerse en pie y arrastrarse hasta la alcoba. Limpia el espejo con la palma de la mano y al alzar la vista un rostro fúnebre le devuelve la mirada. Las ojeras se han adueñado de gran parte de sus pómulos, ramitas y paja le ensortijan el pelo, señal de lo duro que fue su vagar. Un camisón de seda negra cubre su cuerpo castigado, pero los brazos al aire muestran arañazos, moratones… Otro golpe seco la saca de su ensimismamiento y le hace regresar al mundo real. Echa un vistazo a su alrededor y encuentra a los pies de su cama una túnica del mismo tejido que el camisón, larga y con capucha. Envuelve su cuerpo con ella para mantener el calor y se cubre la cabeza con la capucha: no quiere que la vean en ese estado. Apenas ha alcanzado el umbral de la puerta cuando la manilla gira bruscamente y la puerta se abre lentamente con un chirrido. Al otro lado, una amable sonrisa ilumina el corredor.

‘Buenas noches’ le dijo, y sus palabras le inundaron el alma. Desde ese momento vivió de noche y durmió de día sólo por oírlas una y otra vez al despertar. Su maleta fue hallada cerca de la roca en donde se resbaló, recogida y devuelta a su dueña. Habilitaron la estancia lo más acogedoramente posible, adecentando las paredes con un poco de pintura y trayendo una gran cama de hierro sacada de alguna parte. En una esquina, un lavabo antiguo.


Continuará...

lunes, 24 de noviembre de 2008

Kelpie.

Sola y en el medio de la nada busca ayuda. Vaga de un lado para otro arrastrando tras de si una oscura maleta en la que guarda sus últimas y escasas pertenencias. Hace tiempo que no la vacía, ¿para qué? Sabe que vaya a donde vaya la echarán. Hay algo en sus ojos que la hace ser temida por el resto de los mortales.

Camina ya desde hace rato. Sus zapatos desgarrados apenas protegen unos pies martirizados. Sus piernas se debilitan cada vez más, haciéndola tropezar de vez en cuando. Tiene las manos moradas del frío y su cuerpo, doblado bajo el peso de los días, tiembla de sólo pensar en seguir su camino. Alza la vista y lo ve todo negro. La oscuridad la embarga de recuerdos, unos no muy gratos, otros mucho peores. No llora, no puede, hace tiempo que sus lágrimas se secaron.

Llega a un punto en el que el sendero se bifurca. A la derecha y agudizando mucho el oído cree distinguir el canto de un mirlo, el tono burlón de un petirrojo. Los árboles parecen más verdes a medida que el camino avanza recto hacia la esperanza. A la izquierda la negrura, árboles desnudos, niebla que baila alrededor de ellos; el grito desgarrador de un búho le advierte que no ose desafiar los tortuosos misterios que la elección de tomar ese camino depara… Sin embargo no tiene miedo, lo perdió en alguna parte junto con la alegría de su rostro.

Se adentra en la oscuridad como tantas otras veces, no deseando más que encontrar un sitio resguardado en el que descansar al menos durante un par de horas. A medida que el espesor del bosque se la traga un murmullo de voces le llega desde alguna parte. Aferrándose en vano a esa ilusión intenta descubrir de dónde proviene el ruido. Mueve la cabeza nerviosamente de un lado a otro, barriendo todos los rincones con la mirada. En un desesperado intento de no darse por vencida sube a una roca para desde allí otear mejor el terreno, pero resbala y cae, y es abandonada por sus últimas fuerzas.


Continuará…

martes, 21 de octubre de 2008

Veintena

Apenas faltan unas horas para que, hace años, una madre diese a luz a una hija en un hospital de Francia al lado de un hombre que esperaba con ilusión. Veinte años han pasado desde entonces, y ahora todo es muy diferente. Ya no es una niña, sus padres no viven juntos y su situación en casa es complicada. Ahora es ella la madre; y la madre, la hija. Hace poco que volvió de estar un año estudiando fuera y haciendo la guerra día a día por su cuenta, y adaptarse de sopetón a la atención materna se le hace difícil.

El año pasado cumplió años estando fuera. Para ella el día del aniversario del nacimiento, ese día tan personal que se celebra sólo una vez al año tiene mucha importancia, es el final de un año más en el calendario personal de cada uno. Pero aquél año todo cambió. No esperaba muchas felicitaciones, pero recibió menos. Las decepciones fueron grandes, pero la inseguridad fue peor. ¿Acaso ahora que estaba fuera la habían borrado de la memoria? Así, ¡zas! ¿del mapa? Ya no tiene importancia.

Ahora le da igual. Veinte años, se dice pronto. Se deja el uno para empezar con otra decena más. Los años pesan, y al final de esa decena llegarán los treinta… La vida pasa rápido, tan rápido que a veces da miedo… Sólo dos años más y se acabará la universidad, sólo unos años más y la rutina se hará dueña de su vida, sin más, sin darle la oportunidad de volar otra vez… Nadie que ella haya visto hasta ahora cumplirlos ha mostrado la menor inquietud, la menor ilusión, la menor… nada. Lo lamenta. En fin.

Veinte años es una edad importante. La balanza empieza a girar más hacia el adulto que hacia el niño, hacia la independencia, la responsabilidad, el tomar las decisiones más difíciles… Veinte. Veinte años. Hace veinte años sólo era un bebé y ahora… Ahora está sentada forzando la postura para que la espalda deje de dolerle, que con siete horitas de hospital el sábado pasado ya tuvo bastante. Ahora está siendo negativa. Ahora está siendo realista. Dentro de unas horas, empezará sólo un día más…

Pasaje

Parecía un milagro que siguiera ahí, esperándome con los brazos tendidos para mí. Estendió la mano y mi corazón palpitó con inseguridad.

-Bienvenida otra vez- musitó, tomándome en brazos.

Me meció en silencio durante unos momentos, hasta que me percaté de que se había cambiado de ropa y llevaba el pelo liso.

-¡Te has ido!- le acusé mientras tocaba el cuello de su camiseta nueva.

-Difícilmente podía salir con las ropas que entré. ¿Qué pensarían los vecinos?

Hice un mohín.

-Has dormido profundamente, no me he perdido nada -sus ojos centellearon-. Empezaste a hablar en sueños muy pronto.

Gemí.

-¿Qué oíste?

Los ojos dorados se suavizaron.

-Dijiste que me querías.

-Eso ya lo sabías- le recordé, hundí mi cabeza en su hombro.

-Da lo mismo, es agradable oírlo.

Oculté la cara contra su hombro.

-Te quiero- susurré.

-Ahora tú eres mi vida- se limitó a contestar.

No había nada más que decir por el momento. Nos mecimos de un lado a otro mientras se iba iluminando el dormitorio.

-Hora de desayunar- dijo al fin de manera informal para demostrar, estaba segura, que se acordaba de todas mis debilidades humanas.

Me protegí la garganta con ambas manos y lo miré fijamente con ojos abiertos de miedo. El pánico cruzó por su rostro.

-¡Era una broma!- me reí con disimulo-. ¡Y tú dijiste que no sabía actuar!

Frunció el ceño de disgusto.

-Eso no ha sido divertido.

-Lo ha sido, y lo sabes.

No obstante, estudié sus ojos dorados con cuidado para asegurarme de que me había perdonado. Al parecer, así era.

-¿Puedo reformular la frase? -preguntó-. Hora de desayunar para los humanos.

jueves, 16 de octubre de 2008

Una pequeña esperanza


A pesar del duro día que hoy me esperaba, las cosas no podían haber salido mejor (excepto tal vez en el entrenamiento, ps: ¿algún voluntario para cargarse a tres niños de cuarto de primaria?). Clase por la mañana temprano y, como siempre que paso más de tres días sin dormir mi número de horas recomendadas (lo que al cabo de la semana hacen un total de... buuuffff horas), me he despertado antes del despertador. ¡Eso fastidia! Porque justo cuando me decido a mirar qué hora es ¡va el tío y se pone a sonar! Claro que ya me las sé todas, así que lo pongo siempre un cuarto antes de la hora, por aquello de remolonear un poco entre las sábanas... pero a la segunda (a veces la tercera) va la vencida, ¡arriba! Ni una ducha de agua fría podría haber conseguido abrirme los ojos más de la mitad, ¡qué horror! Un desayuno rápido y... a bajar corriendo las escaleras para ver pasar el autobús. No importa, hay otras salidas, otras paradas... ¡a correr!


En el autobús el viaje es tranquilo, a esas horas a nadie le apetece hacer el gamba. Llegada a la uni, clase e improvisaciones en el texto, a copistería a por las hojas, a la librería a por los workbooks... corriendo a casa, corriendo comer y corriendo bajar a por el autobús. ¡Esta vez no se me escapa! He bajado un poco antes...

Era la primera vez en todo el curso que dábamos esa clase, yo suponía que sería lo típico, presentación y demás, pero no... bueno, es igual, ¡el problema es que la clase duraba tres horas! A la hora y veinte he salido disparada al autobús, tendría que pasar por casa a por la camiseta para la niña que no vino (y luego resultó que me vinieron tres...). Entrenamiento con los txikis, unas ricuras después de hacerles correr un par de vueltas por mal comportamiento, para que se relajen. Sino, todo rodado, menos que nos han cortado el KO por la mitad para jugar al futbol... ¡abusones!

Y luego... bueno, lo que haya echo luego es personal, es mi rato libre así que esas dos horitas (¡tres!) a nadie le interesan.Lo bueno llega en el autobús de vuelta, al mediodía... Me he subido en el Corte Inglés, algo abrumada por el ritmo enloquecedor de la mañana... ¡y me he bajado relajada y con una sonrisa de oreja a oreja!

Ha habido de todo, risas de adolescentes, llantos de niños, cotorreos de madres, quejas de padres... etc. ¿Hechos a destacar? Espero no dejarme ninguno.

Según me he subido, en el asiento trasero al que está justo detrás del conductor, en ese asiento tan ancho que mira a la trasera del autobús se ha sentado un hombre de personalidad casi tan ancha como éste. Era de avanzada edad y con una enorme barriga, pantalones oscuros de pana, zapatos, jersey verde y camisa por debajo, con un sombrero negro de ala pequeña y un bastón en la mano, que ha dejado enhiesto en medio del pasillo. Parecía que cuidaba de su rebaño. Pero lo que más me impresionó de él, aparte de ese baston finísimo acabado en una curva por arriba, en una chapa de botella de champán por debajo, negro de mitad para arriba, como si fuese de hierro, y madera de mitad para abajo que cada vez que el hombre se apoyaba temblaba peligrosamente, como si se fuese a caer; aparte de todo eso, lo que más me inspiró respeto fue su cara. Curtida por el sol, con una barba canosa de dos días, más que su cara fue... su mirada.

Unos ojos pequeños que en cualquier otro rostro con cualquier otro gesto no destacarían. Unos ojos claros como el cristal que reflejaban tanta sabiduría, cansancio y tantas experiencias vividas en la vida... Ese señor tenía biznietos, seguro, a los que miraría como a corderillos saltando entre sus madres, a los que vigilaría, fuesen suyos o de otras madres, como el paciente perro pastor. Era un hombre de raza gitana cansado del viaje...

En la catedral se han subido tres... tres... ¿tipos? El primero un piltrafilla de mucho cuidado, el segundo un chavalillo quiero y no puedo y el tercero... ¡jajaja! Americana, camisa, zapatos de semipunta y gafas de sol, y los cuatro pelos que tenía mal repeinados para alante... En fin. Una mezcla de olor a pachuli y tabaco, ¡más orgullosos ellos! ¡Angelicos! Se ha subido poco más tarde una chica negra con una sillita de bebé. El autobús estaba a tope y no ha podido llegar al hueco para carritos más alejado de la puerta. En cuanto hemos llegado a otra parada, en seguida la gente le ha hecho sitio, pero no ha podido atar la silla. Se dirigía a pagar cuando sin más ni más el primer piltrafilla le sujeta la sillita y le dice que vaya a pagar tranquila que él le sujeta el carrito. Dicho y hecho. Y al girarse para hacerlo ha visto al primer hombre que he mencionado. -¡Hombre! ¡No me había dado cuenta de que estaba usted aquí! Ya sabe, con tanta gente... El hombre se ha limitado a hacer un gesto con la mano para decirle que no pasaba nada. No salió de él ninguna palabra, pero se le entendió todo. Y el respeto con el que el otro le habló... Ese hombre era más grande que su voluminoso cuerpo.

El segundo piltrafilla al apartarse para hacerle sitio al carrito se ha quedado mirando un momento a la niña y se le ha dibujado una sonrisa en los labios enorme. -Se parece a María. Ha dicho, y ha empezado a hacerle caras para hacerla reír, y a sonreír al ver que la niña también sonreía. El tercer piltrafilla... lo siento mucho pero ese no tenía arreglo.

Más allá, en los asientos reservados para ancianos, dos señoras. Una, la de al lado de la ventana, con un tic en los labios y los ojos. La de al lado conversando con la madre de la otra niña que iba en el autobús, también en carrito. La segunda abuela, con una camisa de estampados morados, verdes y azules estaba emocionadísima. Hablando con la madre de la niña, que si cuántos añitos tenía, que si ya hablaba, que si qué tal los dientes... al final no pudo evitar rebuscar en su bolso y luego en su cartera para sacar la foto de sus nietos. Y se la enseñó a la madre, que enseguida elogió la belleza de sus retoños (como para no). La abuelilla casí lloraba de la emoción. Enternecedor, vaya que sí...

Al fondo, en los cuatro asientos, cuatro malotes. Han corrido justo cuando el autobús se disponía a arrancar, y por la cara del primero en cuanto ha llegado a la altura del autobús y ha visto que tal vez no le iban a abrir... esa cara de: o me abres o te rompo la puerta, el conductor les ha dejado subir. El primero en subir, el malote. El segundo, el otro malote de greñas domadas por una cinta, que luego resulta que no ha hecho más que sentarse al lado de la ventana y quedarse allí embobado mirando por el cristal. El tercero, un chaval con cara de crío y ademanes de chuloplaya, de quiero y no puedo también. Y el cuarto pues otro por el estilo. Allí sentados todos, no me podía creer lo que pasó luego.

En la marea del autobús un hombre ya mayor con aspecto de hombre de letras y una chaqueta a cuadros típica de profesor de universidad se ha visto empujado al fondo, cerca de ellos. Y el primero, el malote, el que se ha pasado el viaje hablando a voz en grito y soltando palabrota tras palabrota... sin dejar de hablar y con toda la naturalidad del mundo, como si no fuera con él ¡le ha ofrecido su asiento al señor! Al principio el hombre no lo quería aceptar, no hace falta, decía. Y el chaval se le ha quedado mirando, como sin entender... Tras insistir unos breves momentos el hombre le ha agradecido el gesto con una sonrisa, sentándose. Acto seguido el chuloplaya con cara de niño se ha levantado para ofrecer su asiento a una señora. El segundo ya fue más forzado pero, ¿el primero?

Era la única persona en todo el autobús (a excepción de esa chica con los ojos tan cargados de pintura que normal que no los pudiese abrir, y que por estar dormida no podía) de la que nunca me esperaría que cediese su asiento, y menos tal y como lo hizo.

Y eso me hizo pensar que, si ese chico que a simple vista ofrecía tan poco, luego en realidad ha demostrado tanto... ¡entonces tal vez esta sociedad todavía no esté perdida!