Aquí estoy. Sentada en el mismo bar, en la misma mesa, en la misma esquina, con la mirada perdida y posada en un asiento que ahora está vacío. Qué sensación más extraña, ya que esta misma noche la hemos pasado juntos. He abierto los ojos y la realidad me ha golpeado fría como el hielo. Ahora estoy sentada delante de un papel, con toda una semana de vacaciones por delante, y dudo si todo esto llegará algún día a ver la luz de la pantalla de mi ordenador.
No paro de darle vueltas. Un whatsapp con una imagen mía pasando por delante de un edificio, no logro recordar cuál es. Y un texto debajo: la próxima vez salúdame, ¿no? La verdad es que yo iba deprisa, como siempre, y sumida en mis pensamientos. En esos momentos ni veo, ni oigo, ni distingo ni reconozco. Me da rabia no haberte visto, pero el mensaje me ha hecho sonreír.
Pasa el tiempo y estoy en un bar, una fiesta, una reunión tal vez. No lo sé, pero hay mucha gente, jaleo y música. Te veo, estás de lado, me estoy acercando. Alargo el brazo para tocarte pero paso de largo y te rozo la espalda: tú ya te has girado sonriéndome. Desaparecemos entre la gente, cada uno por su lado.
De repente el ruido se atenúa y se mezcla con una canción que me aturde los sentidos. El ruido va desvaneciéndose y me concentro en la melodía, mi cuerpo ya no es dueño de sí mismo. Como si de la obra de un dj profesional se tratara, esa melodía se entrelaza en perfecta armonía con el sonido de una voz conocida. Te veo, sonrío. Un murmullo ininteligible preludia algo que no esperaba: alzas la vista directa a mis ojos y oigo mi nombre alto, claro, firme. Mi nombre. Cinco letras que parecen mezcladas casualmente en la conversación pero que van acompañadas de esa mirada indescriptible. Silencio absoluto en el que no para de retumbar tu voz en mi cabeza.
Hace al menos diez años que no he sentido semejante vuelco al corazón. Te has acercado, me has tomado de la mano y nadie parecía saber que estábamos allí, el mundo había vuelto a girar alrededor y el corazón parecía querer salírseme del pecho. Me has rozado la nuca con la otra mano y, de pronto, todo cuanto considero lógico y razonable se desvanece, y no habría deseado estar en ese momento en ningún otro lugar ni con ninguna otra persona. El resto se lo reservo a mi inconsciente, ya que no me deja recordar con claridad. Pero sé que durante el tiempo que dura un sueño, eras tú. Lo eras.
Y ahora me siento tonta porque sí, ya lo sé, tú no eres. No existes, no eres real; no estás. Y no comprendo por qué a veces me duele esta distancia, este silencio. Necesito saber que hay algo entre bastidores, invisible, como un ángel de la guarda que sólo con el recuerdo de su voz me reconforta. Tu olor... me cuesta recordarlo. Nota que te hablo a ti, sólo a ti, aún sabiendo que no hay nadie al otro lado.
Necesito que tu luz me acompañe.
https://www.youtube.com/watch?v=AYzz0Xln4ls