Parecía un milagro que siguiera ahí, esperándome con los brazos tendidos para mí. Estendió la mano y mi corazón palpitó con inseguridad.
-Bienvenida otra vez- musitó, tomándome en brazos.
Me meció en silencio durante unos momentos, hasta que me percaté de que se había cambiado de ropa y llevaba el pelo liso.
-¡Te has ido!- le acusé mientras tocaba el cuello de su camiseta nueva.
-Difícilmente podía salir con las ropas que entré. ¿Qué pensarían los vecinos?
Hice un mohín.
-Has dormido profundamente, no me he perdido nada -sus ojos centellearon-. Empezaste a hablar en sueños muy pronto.
Gemí.
-¿Qué oíste?
Los ojos dorados se suavizaron.
-Dijiste que me querías.
-Eso ya lo sabías- le recordé, hundí mi cabeza en su hombro.
-Da lo mismo, es agradable oírlo.
Oculté la cara contra su hombro.
-Te quiero- susurré.
-Ahora tú eres mi vida- se limitó a contestar.
No había nada más que decir por el momento. Nos mecimos de un lado a otro mientras se iba iluminando el dormitorio.
-Hora de desayunar- dijo al fin de manera informal para demostrar, estaba segura, que se acordaba de todas mis debilidades humanas.
Me protegí la garganta con ambas manos y lo miré fijamente con ojos abiertos de miedo. El pánico cruzó por su rostro.
-¡Era una broma!- me reí con disimulo-. ¡Y tú dijiste que no sabía actuar!
Frunció el ceño de disgusto.
-Eso no ha sido divertido.
-Lo ha sido, y lo sabes.
No obstante, estudié sus ojos dorados con cuidado para asegurarme de que me había perdonado. Al parecer, así era.
-¿Puedo reformular la frase? -preguntó-. Hora de desayunar para los humanos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario