martes, 21 de octubre de 2008

Pasaje

Parecía un milagro que siguiera ahí, esperándome con los brazos tendidos para mí. Estendió la mano y mi corazón palpitó con inseguridad.

-Bienvenida otra vez- musitó, tomándome en brazos.

Me meció en silencio durante unos momentos, hasta que me percaté de que se había cambiado de ropa y llevaba el pelo liso.

-¡Te has ido!- le acusé mientras tocaba el cuello de su camiseta nueva.

-Difícilmente podía salir con las ropas que entré. ¿Qué pensarían los vecinos?

Hice un mohín.

-Has dormido profundamente, no me he perdido nada -sus ojos centellearon-. Empezaste a hablar en sueños muy pronto.

Gemí.

-¿Qué oíste?

Los ojos dorados se suavizaron.

-Dijiste que me querías.

-Eso ya lo sabías- le recordé, hundí mi cabeza en su hombro.

-Da lo mismo, es agradable oírlo.

Oculté la cara contra su hombro.

-Te quiero- susurré.

-Ahora tú eres mi vida- se limitó a contestar.

No había nada más que decir por el momento. Nos mecimos de un lado a otro mientras se iba iluminando el dormitorio.

-Hora de desayunar- dijo al fin de manera informal para demostrar, estaba segura, que se acordaba de todas mis debilidades humanas.

Me protegí la garganta con ambas manos y lo miré fijamente con ojos abiertos de miedo. El pánico cruzó por su rostro.

-¡Era una broma!- me reí con disimulo-. ¡Y tú dijiste que no sabía actuar!

Frunció el ceño de disgusto.

-Eso no ha sido divertido.

-Lo ha sido, y lo sabes.

No obstante, estudié sus ojos dorados con cuidado para asegurarme de que me había perdonado. Al parecer, así era.

-¿Puedo reformular la frase? -preguntó-. Hora de desayunar para los humanos.

No hay comentarios: