Se despertaba cada noche con dos golpes en la puerta. Se levantaba rápidamente, se peinaba cuidadosamente el cabello y se lavaba la cara y el cuerpo, que luego escondería bajo la túnica. Ya sin hacer ningún ademán de abrir, esperaba nerviosa a que la manilla girase y la puerta se abriese, y se dejaba llevar por aquella sonrisa encantadora y aquél ‘Buenas noches’ que protagonizaba siempre sus sueños. Después bajaba las escaleras hasta la planta baja y se dirigía a una habitación contigua a la taberna, donde comía y se entretenía escuchando las voces de los borrachos que frecuentaban el bar.
Hospedada en casa de un posadero caritativo, transcurrieron varios meses sin que nada alterase lo más mínimo su paz interior. Empezaba a sentirse realizada hasta que una noche, a las doce en punto, un desconocido entró en la taberna. Sin poder evitar la curiosidad, se asomó discretamente a través de la puerta del enorme salón que hacía las veces de bar. Sólo se le permitía acceder a esa estancia a altas horas de la madrugada, cuando el alcohol hacía mella en los borrachos y únicamente para ayudar al posadero a echarlos de allí. Misteriosamente, mientras el posadero se las veía para arrastrar a los gordos y ebrios rufianes hasta sus aposentos que ocupaban todo el primer piso, bastaba con un amable ‘márchese, por favor’ salido de los labios de ella para que automáticamente, cual resorte en el trasero, todos se fuesen a dormir por su propio pie. Puesto que esta habilidad le era de gran ayuda al posadero permitía que ella se quedase en la casa.
Pero aquella noche todo fue diferente. La luna estaba llena y brillaba más que de costumbre, y el hombre que había entrado en la posada no era como los demás. A diferencia de los que frecuentaban el local, éste era joven, alto y ágil. Enfundado en un largo abrigo de cuero negro, con la mitad del rostro cubierto por el cuello de una camisa oscura y con un sombrero de ala ancha en la cabeza que dejaba sus ojos en sombras, se acercó a pasos agigantados hasta la barra y mantuvo una breve conversación con el posadero. Éste último parecía confuso al principio, pero tras un breve comentario del desconocido sonrió y ambos se estrecharon la mano. El posadero le rogó que esperase un momento, y se dirigió a la sala contigua desde donde ella no perdía detalle. Amablemente le pidió que los dejase solos durante un tiempo, ya que debía tratar un asunto de negocios con cierta persona. Ella asintió, pero no fue muy lejos. Subió parte de las escaleras que conducían al segundo piso desde la sala contigua y se sentó a escuchar lo que pasaba.
Continuará...
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2 comentarios:
Espero con ansias la 4º parte...no dejes de escribir eh!!!
1 muxu lidia, y a ver si hacemos la cenita y nos vemos pronto...A cuidarse!!
¿Tú también eres moni? ¿Nos veremos mañana en el Pin?
Muxu bat.
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