Superada la treintena, no es sino con orgullo que vislumbro entre las recónditas rendijas de la red los logros que cada día vas cargando en tu mochila, esa que te guía y te acompaña allá a donde vas. Por cada año y cada uno de ellos, brindo por otro más.
Te pienso feliz, te veo bien. Del fuego que un día hubo ya no quedan sino cenizas que, todavía, cuando en la noche más sombría me acurruco entre dos sueños, alcanzan a calentarme un poco y, por un momento, su leve fulgor ilumina mi sonrisa.
Los recuerdos ya no pesan, de verdad, son livianos; como un péndulo hecho de helio. Son recuerdos que mi selectiva memoria guarda en una preciosa cajita con forma de balón que un día se atascó en algún tejado, y cuya imagen no hace sino avivar mi deseo de escribir.
Espero que todo tú, mercurio, azufre y sal, sigas sorprendiéndome cada día a tu manera, sin prisa, sin pausa; sin arrepentimiento.
Y que mi luz, avivada en este día para ser regalo de buenas noches, te acompañe.

No hay comentarios:
Publicar un comentario