miércoles, 20 de mayo de 2009

Lo que son los niños.

El lunes pasado me subí en el autobús a eso de las seis de la tarde para ir a devolver unos libros a la biblioteca del campus. Me senté en los asientos traseros, en esos que están dos y dos enfrente. Me puse los cascos y dejé vagar la mente sobre cualquier tema banal, agradecida por disponer de unos minutos de viaje para desconectar un rato.

Al cabo de tres o cuatro paradas, se sentaron en los asientos de enfrente un niño y su abuela. El niño, muy decidido, había recorrido el pasillo del autobús con la cabeza bien alta sopesando las ventajas y desventajas de cada uno de los huecos libres en el autobús, hasta que decidió lanzarse a la ardua tarea de empujar el pañal encima del asiento que estaba enfrente de mí. No le resultó tarea fácil, pero tampoco dejó que nadie le ayudase. Tuvo uno de esos arranques de independencia propios de la edad, ya se sabe.

El niño, como todos los niños que van en autobús, en seguida se repantingó con las piernas bien derechas, el codo apoyado en la ventana y la mirada perdida en las miles de imágenes que pasaban como borrones a ambos lados del autobús en marcha. Yo pensé que aunque los ojos se le movían a una velocidad increíble en un exhaustivo chequeo del panorama, en realidad su atención no se fijaba en nada en concreto, pero me equivocaba.

Me fijé en su carita redonda, en sus ojazos claros bien abiertos, en su pelo rubito y corto y en los colores que daban vida a sus mejillas. Iba vestido con un chándal marrón y verde, y zapatillas blancas. Absorto en sus pensamientos, siempre me he preguntado qué pasa por la mente de los niños cuando van así, mirando por la ventana y con los labios medio moviéndose como si estuviesen contándole un cuento a alguien.

De repente se volvió y me miró fijamente. Después miró a su abuela, alrededor, al techo… pero todo muy despacio, como si volviese a la realidad. Algo en la calle le llamó la atención. Un policía estaba al lado de un coche con una pareja, y les pedía los papeles. El niño cosió a su abuela a preguntas, hasta caer en la trampa del ¿y por qué? ¿Y por qué? La abuela, llena de paciencia, acabó preguntándole al niño ¿y qué coche es ese? Y ahí fue cuando todos nos quedamos alucinados.

“Es un Ford -respondió, como si fuese lo más obvio del mundo- y ese un Citroën, y ese un…” No me acuerdo de la enumeración que soltó, el caso es que fue repasando con la vista la fila de coches aparcados y nos dejó a todos con la boca abierta con la demostración de lo puesto que estaba en el ámbito automovilístico… Una chica que se sentaba en un asiento cercano no pudo evitar el comentario de “¡flipa!”, y ahí ya no pude más y me empecé a reír. La verdad es que era como para haberlo grabado.

Pero lo que más gracia me hizo fue que, cuando acabó de nombrar marcas y vio que nos reíamos (a la abuela se le caía la baba, y nos explicaba la pasión del crío por los coches), tiró de la manga de su abuela para llamarle la atención, se puso de rodillas en el asiento para poder acercarse a su oído y haciendo cono con las manos para que nadie más lo oyese dijo: ¿Y esa por qué se ríe? Y ahí ya explotamos todos. Pero al pobre no veas la cara de incredulidad y asombro que se le quedó… Una ricura. Lástima que tuviese que bajarme tan pronto, con lo bien que me lo estaba pasando…

Me dijo adiós con la mano.

Cuando entré en el aulario todavía sonreía.