Entré muy nerviosa en casa después de la aventura del perseguidor, sólo quería ver a Pam y narrarle mi aventura. La encontré nada más abrir la puerta, trasteando en aquella esquina, y me acerqué presurosa deshaciéndome en una meticulosa descripción de la conversación y los gestos del pesado ese. Sentía tal excitación que no veía nada más que la cara divertida de mi anfitriona, y aunque notaba que estaba gesticulando más de lo normal me daba igual.
Acabé la historia con voz aguda mientras me desataba las sandalias, y sólo entonces oí las risas y me di cuenta de que había más gente en la casa. En la esquina aparecieron dos chicos, uno alto y moreno y el otro más fuerte y de pelo muy corto. Tras la presentación y un formal apretón de manos, desaparecí escaleras arriba muerta de vergüenza.
Puse música en el cuarto y me tiré en la cama a leer una revista, ¿por qué estaba tan roja? Y además, ¡mira qué pelos! La brisa del mar me los había dejado a lo loco, ahora entendía que se hubiesen reído. Oía voces abajo. Salí al cuarto de baño, y al volver vi una maleta en la habitación de al lado. Mi corazón latía cada vez más fuerte. Al cabo de un rato oí ruidos en la escalera y vi una sombra cruzar el rellano y encerrarse en la habitación. Contábamos con un nuevo inquilino.
No volví a verle hasta la noche. Su amigo se había ido ya, y él estaba en el salón viendo la tele con Pam y John. Me hizo hueco en el sofá, todo un detalle por su parte. Pero tuvo que escribir mi nombre para recordarlo. Esa semana hablamos bastante. Con un café delante, en un parque, paseando por la playa… Eran conversaciones interesantes, aprendí mucho y me reí aún más. Me sentía… bien. Y el fin de semana salimos de fiesta.
Unas copas más tarde le convencí para ir a la pista de baile. No tuve que hacer mucho esfuerzo ya que sabía que vendría. Dejé la copa e intenté bailar pero estaba agarrotada. Me preguntó que qué me pasaba y le dije que me daba vergüenza. Me cogió de las manos, y la electricidad que corrió de un brazo a otro fue tan fuerte que podría haber alumbrado la calle y el pub en el que estábamos. Se acabó la canción pero empezó otra, y otra, y otra más…
Aquella noche me pidió permiso para entrar en mi cuarto, se tiró en la cama, pero se fue 5 minutos más tarde. Quizás fuese mejor así. La noche del sábado fue mejor, duró más y bailamos mucho. Hablamos durante toda la noche y volví a sentirme genial… Y al llegar a casa volvió a pedirme permiso. Hablamos, retrasó su hora de irse, nos tiramos en la cama, nos reímos, nos acercamos, sonrió y sonreí, después hubo un silencio…
No recuerdo la hora exacta ni el momento preciso en el que sucedió. Empezó con un abrazo para que me durmiese, siguió con un beso en el hombro, en el cuello, en la mejilla… pero todo muy dulce, muy despacio. Y entonces me besó. Pensaréis que la carne es débil, pero os aseguro que en ese beso hubo algo más. Hubo pasión, hubo encanto, hubo deseo y romanticismo. Y en la forma de abrazarme… no, aquello no fue un beso cualquiera, un beso más.
Esa noche se quedó conmigo. Y ahí empezó todo.
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