Renunciar a esa bolita de pelo es una de las cosas más duras que me ha tocado hacer en la vida. Nunca tendría que haber ido a verla. Pero cuando la tienes ahí, en el suelo, mirándote curiosa... no puedes evitar agacharte. Craso error, se acercó a mí de inmediato. La acaricié, ¿cómo no iba a hacerlo? Y me lamió la mano. Creo que se me partió el corazón en ese mismo momento al saber que jamás volvería a verla, que jamás sería mía.
Y soñé, me pasé todo el camino de vuelta soñando. Y lo volví a ver viable, muy viable. Pero una vez más, como tantas veces de pequeña, se me negó el sueño de mi infancia y me explotaron la burbuja. No sé si borrar la foto que le saqué con el móvil o guardarla como la excepción que confirma la regla de que la que la sigue, la consigue, o que quand on veut on peut.
No quiero volver a ver un perro en mi vida. No quiero volver a jugar ni un minuto con ninguno, o acariciarlo siquiera. Pero estoy segura de que cada vez que pase un retriever... me voy a echar a llorar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario