Ya apenas puede recordar el olor de tu perfume, ni el calor de tus manos, ni el confort de tu pecho en un abrazo de aquellos, ni los silencios. Su boca fue rozada por otros, nunca tocada pero rozada, y sus manos han recorrido ya un largo camino. Ahora sus ojos no miran como antes, se han vuelto impenetrables como antaño deseó que fueran para parecer más dura. Jamás quiso dejar en tu vida el más mínimo resquicio al cual pudieras asirte ahora, pero el subconsciente ataca de nuevo. Tal vez ahora que pareces no haber muerto deje de derramar lágrimas, o lo que quiera que fuesen, sobre tu tumba.
Y aquí está, como esa idiota que un día fue, sentada en la terraza de un bar mirándote con esa media sonrisa nerviosa suya concentrada en leer en la profundidad de tus ojos. Se ahoga en ella, es en vano. Mal se puede acompañar a quien desea estar sólo.
Pero sabe que te irá bien.
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