domingo, 11 de enero de 2009

Relato (7º parte)

Él era su último pensamiento antes de dormirse, su sueño, y la primera imagen al despertar. Y viceversa ocurría otro tanto. Aquello no tenía sentido, ¡se estaban volviendo locos sin conocerse! Alguien tenía que dar el primer paso. De nuevo volvió la luna a estar llena, y eso le dio el valor suficiente a la joven para cubrirse de nuevo enteramente con la túnica y bajar al bar. Entró en el salón con paso decidido y, aprovechando que un corrillo de borrachos ya empezaba a delirar, se unió a ellos. Encantados de ser uno más para jugar a las cartas, ninguno puso pegas a la hora de compartir mesa con un desconocido. A altas horas de la noche y en aquél estado de embriaguez nadie distinguía sexos, por lo que no tuvo ningún problema y siguió bajando cada noche.


Aprendió a jugar a las cartas, a los dados, a los dardos y a todo juego que el bar ofrecía. Se volvió muy buena, incluso, y los gritos de emoción que daban los borrachos cada vez que ganaba hicieron que el camarero se empezase a fijar más en aquella persona. No la había visto nunca hasta que empezó a bajar, pero le resultaba muy familiar. Al esperar ella a que él no mirarse para entrar sigilosamente en el bar, él tampoco sabía desde qué escaleras bajaba. Una noche abandonó la barra y se le acercó para invitarle a un trago. Apenas había rozado su hombro, ella se giró bruscamente y sus miradas se encontraron. La taberna estaba en sombras y ella no se había quitado la capucha, por lo que el joven no la reconoció. Se fueron juntos a la barra, y mientras él hablaba y le servía un chupito ella callaba y escuchaba. Le gustaba su voz, le gustaba cómo las historias que le contaba cobraban vida en sus labios, le gustaban sus gestos y su sonrisa, le gustaba su mirada.


La joven hablaba con voz ronca, mezcla de nervios, emoción e intento de parecer un hombre y pasar desapercibida entre la gente del bar. Pero la capucha le asfixiaba y le impedía libertad de movimientos, así que cogió prestada algo de ropa del posadero, al que no le hacía ninguna gracia que ella rondase por el bar, y se disfrazó de varón. Se ató el pelo en una coleta, se maquilló el rostro para esconder sus rasgos femeninos y disimuló sus pechos atándose una venda alrededor. Aquella noche bajaría al bar como uno más, y así sería hasta que el camarero la reconociese. Pasaba la noche riendo y bebiendo, pero nunca demasiado para no perder la compostura. Varias veces se quedaba mirando al joven detrás de la barra, y se ruborizaba cada vez que él le correspondía con una sonrisa amable. Todo iba bien, pero no era suficiente. Hablaban todas las noches y se habían convertido en muy buenos amigos, pero no era eso lo que ella quería. Hasta que una noche en la que el joven había bebido más de la cuenta oyó por fin salir de sus labios aquello que tanto ansiaba.


Continuará...

1 comentario:

Unknown dijo...

Jeje ya por la septima parte mola!!