Estaba enamorado. Le pidió por favor que no se riese, pues su amor secreto era un ángel. Le contó cómo ella se le había aparecido en sueños cuando él dormía y le había velado hasta que, pobre imbécil, él la había asustado y perdido para siempre. Le prometió que no habían sido imaginaciones suyas, contó cómo después de tanto tiempo seguía sintiendo su aliento en el rostro cada vez que cerraba los ojos y aseguró que daría lo que fuera por volverla a sentir tan cerca de él. Ella rió, rió de alegría y de saber que el sueño de su amor se había cumplido, pues ambos estaban a escasos centímetros el uno del otro, pero él entristeció y calló. Eso le dio una idea a la joven.
En susurros, le confió un secreto: le creía, porque él (ella) también la había visto. Es más, la conocía, y ella también le había hablado de él. Sin dejarle terminar, el joven se abalanzó sobre él (ella) zarandeándole y se deshizo en ruegos. Quería saber más, ¡quería saberlo todo! Quién era, cómo se llamaba, de dónde venía y dónde vivía, a qué le olía el pelo y de qué color eran sus labios… Él (ella), algo mareado por el brusco movimiento le prometió hablar con aquél ‘ángel’ e incluso entregarle cualquier carta que el joven le escribiese. Y haciendo caso omiso de las peticiones de alcohol por parte de los borrachos, el barman cogió papel y pluma y se puso a escribir.
Torrentes de ideas se agolpaban en su cabeza, una y mil veces mojó de tinta la pluma pero nada le parecía suficiente para expresar sus sentimientos. Pasó aquella noche y todas las siguientes durante más de una semana inmerso en la redacción de aquella carta que le acercaría quizás a su destino, maldiciendo una y otra vez cada palabra de aquel idioma que carecía del vocablo adecuado para reflejar aquella declaración y sentía retorcerse sus sesos vanamente: si ni el verso más elaborado del poema más hermoso del mundo alcanzaría para describir una milésima parte del más sencillo de los sentimientos que el sólo hecho de pensar en ella despertaba en su interior, cómo demonios iba a convencerla de que sus labios sólo ansiaban ser testigos del dulce contacto con los suyos, de que en sus sábanas no cabía sino el dulce aroma de su cuerpo, de que cada poro de su piel pedía a gritos que sus manos lo rozasen, de que la necesitaba a su lado desde el primer momento en que la vio, o la imaginó, más bien, ya que para él sus ojos nunca se habían encontrado…
Continuará...

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