Anoche tuve un sueño. Yo estaba tumbada en el sofá de mi casa viendo una película después de cenar, con todas las puertas del salón cerradas. Para quienes no lo sepan, en mi casa la televisión está en el salón, que es la habitación principal, y alrededor están las puertas de las habitaciones. Contrariamente a lo que me encanta hacer, que es apagar la luz de la sala para poder así concentrarme únicamente en la película, la luz permaneció aún largo rato encendida para que Pipo comiese (bendito animal, ¿pues no me recompensó luego el detalle gritando histéricamente a las 9 de la mañana del día siguiente?). De pronto, sentí que me estaba muriendo de sed.
Saberte la película de memoria te da la libertad de poder levantarte, distraerte o ir al baño; con ver el principio y el final ya vale. El caso es que cogí de mi habitación mi fiel botella de agua, vacía, y me dirigí a la cocina a llenarla. De vuelta al sofá, apagué la luz. Con la garganta reseca aún no me había sentado y ya tenía el tapón desenroscado. ¡Qué sed! ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Me acerqué la botella a los labios, pero sin beber, y disfruté por un momento del agua refrescando mi boca. No aguanté mucho, la sed me apremiaba, y bebí un largo trago. El agua me supo a rayos. ¡Agh! Posiblemente, el reciente sabor de la pasta de dientes provocó esa reacción. Volví a beber, pensando que esta vez no ocurriría lo mismo... pero me equivoqué, me supo aún peor. ¿Qué pasaba? Ni idea. Me concentré en la película.
Distraída; por inercia, tal vez; al cabo de un rato volví a llevarme la botella a la boca con el consiguiente gesto de asco: ¡cada vez sabía peor! Y no sólo eso, ¡ahora el agua tenía como arenilla dentro! (Repungante, de verdad, cada vez que me acuerdo...) Algo fallaba, esto ya no era normal, así que cerré la botella y me dirigí a la cocina.
Encendí la luz, y ahogué un grito. El agua tenía, en efecto, arenilla dentro, ¡pero arenilla rojiza! Era como si hubiésemos cogido el agua directamente del mar, ya saben, cuando sube la marea, y la botella se llena no sólo de agua sino también de arena y sal... ¡Me preocupé mucho! Abrí el grifo, y una sustancia escarlata y brillante cayó al desagüe. Corrí al cuarto de baño, abrí el grifo de la bañera, el del lavabo, incluso tiré de la cadena del water... con el mismo resultado. Horrorizada, corrí al frigorífico, lo abrí, y no encontré ninguna botella de agua dentro (mi madre y su maldita manía de tirarlas todas a la basura...) ¡Y yo me moría de sed! Así que mezclé lo que había quedado del batido de fresas que había preparado aquella tarde con un poco de zumo que encontré por ahí, apuré la bebida de un trago, ¡y no hice sino avivarme aún más la sed! No podía más, me estaba agobiando de verdad, ¿sería posible que el agua se hubiese agotado y que lo único que quedaba fuese una escasa reserva escondida en los manantiales subterráneos, mezclada con minerales y hierro, que le daban aquél asqueroso sabor?
Me desperté sudando. Parece mentira, y seguramente este relato no le haga justicia a la angustia que viví, pero créanme, en cuanto me recuperé del susto cogí la botella de agua de mi cuarto y la vacié de un trago. ¡No malgasten el agua!
[ * Enzarzada en una encarnizada lucha contra las sábanas, gemía volviéndose más y más pequeña. Desesperada, intentó saltar al vacío, y cuál fue su sorpresa cuando vio que el suelo se acercaba a ella a velocidad de vértigo... * ]
11 abril 2007

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