A mediodía, termina por fin la clase de lengua (que no es que no me guste, pero tenía ganas ya de que empezase el fin de semana y descansar). Sorteando malamente cuantos charcos aparecen a mi paso, me dirijo, como siempre, a la catedral, a coger el autobús para ir a casa. En la parada, cuatro personas:
Una señora mayor, tose que te tose, con unos guantes de piel marrones clarito; un hombre de entre sesenta y sesenta y cinco años, a lo suyo con un paraguas a cuadros abierto debajo del techo de la parada; una joven, engalanada con unas botas negras de tacón de infarto, chupando frío como nadie con una chaquetita de verano, y un misterioso individuo con una gabardina verde oscura que le llega hasta los pies y un gorro azul de lluvia calado hasta los ojos. Paraguas (cerrado) en mano, este último me dirige una breve pero intensa mirada cuando llego a la parada y en seguida gira la cabeza hacia otro lado. Casualidad, sin duda.
El tiempo transcurre, y el autobús que no llega. Mi mp3 empieza a dar muestras inequívocas de que está cansado, de que necesita que le "ponga las pilas". Con todo el trote que lleva últimamente, el pobre, decido darle un merecido descanso y lo apago. Gracias, Rojito, por todo. Me concentro en el ruido de la calle. No en el de los coches, ese lo tengo ya muy visto, sino en el de las gotas de lluvia que perforan la nieve. Fantástico. Absorta en mis pensamientos, noto que alguien me está mirando. Cambio ligeramente de postura para poder mirar hacia mi izquierda con disimulo. Es él. Otra vez él.
Llega el autobús. Está bastante lleno, por lo que nos apiñamos todos como podemos. El susodicho individuo está a escaso metro de mí. Ahora no me mira, sería demasiado evidente. Sin darle mayor importancia, me distraigo con el paisaje. ¡Hay que ver la que ha liado la nieve en dos días! Ha sido tan gordo que la lluvia, envidiosa, quiere rematar la faena. ¡Que nos pillen confesados! No será este año cuando hablen de sequía, no... ¿Alguien tiene sed?
Menudo trajín. Entre las viejas (con todo el respeto del mundo, pero también con esa sorna que se ganan a pulso) que empujan y desesperan por encontrar un asiento libre inexistente; los viejos que, por hacerse los galanes, empujan a diestro y siniestro para hacerles sitio (no se esfuercen, ¡van a ciegas!), y lo estrecho que es el pasillo del urbano... ¡No hay quien se concentre en reflexiones filosóficas! El hombre, semioculto entre el gentío, me dirige un amago de sonrisa que no sé interpretar.
Lleva el pelo largo (por los hombros), castaño pero con signos evidentes de que ha vivido muchos años. Es alto, de complexión hercúlea, y lleva una bufanda de estas modernas que les quedan tan bien a los pijos (¡uf...!), pero que se mata un poquito con su gabardina de tela verde... Poquito a poco me han encerrado en el espacio que queda al lado de la puerta del autobús, la del medio, y nos aproximamos a una parada clave: la que está justo antes que la mía, ¡donde se baja todo el mundo! Y yo en medio...
Y las venerables ancianitas de la caridad, para no faltar a sus buenas costumbres, casi me bajan del autobús a codazos, de esos que te dejan un minuto sin aire... Pero lo que más me gusta de todo esto es que, en lugar de, pacientemente, aguardar a que te hagas a un lado (pues está claro que ellas se quieren bajar), no sólo te saltan encima impidiéndote cualquier movimiento y con el consiguiente puñetazo en el estómago (sí, sí, ¡no vean que fuerza tienen las condenadas!), sino que hasta incluso, si te has portado bien y no te has retirado a tiempo, puedes, como me ha pasado a mí hoy, llevarte de recuerdo una frase memorable del tipo: "es que si no te quitas de en medio..." Sí, señora, sí. Tiene usted toda la razón. Verá, es que a mí me gusta que me pateen las piernas y por eso me pongo en este sitio a propósito, ¿comprende? Venga ya...
Nadando a contracorriente y haciendo frente a todas las adversidades, consigo quedar sana y salva dentro del ahora vacío transporte público. No lo vuelvo a coger en hora punta, palabra. Sin poder borrar la mueca de ironía que plasma mi media sonrisa, me doy cuenta de que el hombre está a mi lado, y sonríe. Desde aquí abajo (¡pero que conste que no soy bajita!) observo su perfil aguileño, su pelo, que ahora se ve más grisáceo que antes, y sus ojos... Es en ese momento cuando me doy cuenta de que me recuerda a alguien... y no puedo dejar de mirarle. Se va a percatar, e incluso puede que le siente mal pero... no lo puedo evitar. En el escaso trayecto que hay hasta mi parada, me fijo en los detalles, e intento grabarme su imagen en mi mente. Lleva un pendiente en la oreja derecha, semioculto entre el pelo, sus manos son recias y firmes, y sus zapatos, amarillos de piel, parecen barcas... De cerca me impresiona, así que me controlo...
Fin del trayecto, voy a bajarme (a regañadientes por no poder seguir a su lado) y de repente oigo una voz cálida a mi lado que me paraliza y que dice: "es que si no te quitas de en medio..." Y su sonrisa hace que el sol salga por un instante, bañe el momento, y desaparezca cuando el hombre salta del autobús a la acera, abre el paraguas con una sola mano y se dirige a su destino... Petrificada por su mirada, sólo un conocido puñetazo, esta vez en la espalda, me saca de mi ensimismamiento. Me apresuro a bajar del autobús y seguirle. Lleva mi mismo camino. Mataría por que entrase en mi portal, pero se desvía...
¿Qué me ha pasado? ¿Cómo he podido sentir tan repentina excitación al encontrarme con un extraño que no había visto en mi vida? Después de comprar el pan, quitarme las botas y cambiarme de ropa, enciendo el ordenador, y mi corazón aún late descontrolado mientras escribo. Ese hombre me conocía, ¡lo sé! Y, por alguna extraña razón, ¡sé que yo también lo conocía a él! Tal vez tuvimos algo que ver en otra vida... Y no es la primera vez que me ocurre. Me era tan... familiar...
23 marzo 2007

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