Pudo perfectamente haber sido un viernes normal y corriente, si exceptuamos que lo que pasó no tuvo nada de 'normal y corriente'.
Escasos minutos antes de que sonase el despertador, algo me hizo sobresaltarme y despertarme en el acto. Me quedé quieta unos instantes, tratando de acordarme del sueño que un súbito movimiento de piernas había interrumpido. Había sido muy... ¿bonito? No, creo que no es esa la palabra adecuada... ¿Especial? Yo estaba dentro de una habitación hecha de sendos ladrillos encajados unos con otros por su propio peso. No había ventanas ni rendijas, tan sólo una puerta que estaba cerrada a cal y canto. Alguien jugueteaba con la llave haciéndola girar entre los dedos de una mano morena y recia.
Recuerdo que yo sólo quería coger la llave y abrir esa puerta; no para escapar, ya que me encontraba allí por voluntad propia, sino para ayudar a escapar a ese ser que poco a poco se debatía entre luchar para salir adelante o sumergirse eternamente en esa cárcel de piedra que tantos años de miedos infundados habían ido creando. El caso es que cuando su mano estaba a punto de rozar la mía que, extendida hacia él, reclamaba esa llave para cerrar por fin todas las (mis) heridas, me desperté. Y lo que más rabia me dio no fue el hecho de quedarme sin saber cómo iba a acabar todo aquello (a veces pienso que nunca lo sabré), sino que cuando empezaba a dormirme de nuevo sonó el estúpido despertador (uf, ¡cómo lo odio!).
El caso es que me levanté nerviosa, como siempre, y me preparé un bol de leche con cereales, como siempre también. Hasta ahí, nada nuevo. Ducha y vestirme, a todo correr (como siempre). Rescaté el trabajo de lengua de las garras de la carpeta y me dirigí al autobús. No me lo podía creer, ¡había llegado a la parada a tiempo! Y sin tener que correr ni esperar nada, ¡imposible! Las 10:05. -Hoy es mi día,-pensé. En cuanto el autobús cerró las puertas y se empezó a alejar poquito a poco, por el tráfico, de la parada que más cerca queda del trabajo de mi padre, se me ocurrió echar un vistazo al trabajo. La 17, bien; la 18, ajá; la 19... la 19... ¿y la 20? ¿y la 21? ¿y...? ¡Oh, no! ¡Mi santo padre no me había imprimido bien el trabajo! ¡Y hoy era el último día para entregarlo! ¡A las 12 en punto se acababa el plazo! Y la siguiente parada está en las conchas, a miles de kilómetros (más o menos) del centro de trabajo de... ¡mierda!
Pero quiso la divina providencia que la suerte me sonriese un poquito aquella mañana. Me bajé de un salto apenas se habían empezado a abrir las puertas de atrás y corrí a la cabina de teléfonos más cercana puesto que había olvidado mi móvil en casa. Llamé a mi padre. Me marearon de un despacho a otro, con eso de que están de obras y que han cambiado todo de sitio, y para cuando oí su voz yo ya estaba empapada en sudor y con los nervios a flor de piel. Las 10:30. Le comenté lo que ocurría y le dije que me pasaría por allí en un cuarto de hora, y que por favor, me tuviese los documentos impresos. Así que corrí como un gamo, como un demonio, como un galgo... como quieran ustedes, bajo el sol abrasador. Las 10:50.
Lo encontré hablando por teléfono en su nuevo despacho, una salita alargada que compartía con dos compañeros más. Tres mesas, casi una encima de la otra, hacían las veces de oficina. Cojí los papeles, ordené el trabajo y me senté a recuperar el aliento. Como vi que no hablábamos más que de cosas sin sentido, me levanté y, con la excusa de tener luego más recados que hacer, me despedí de todo el mundo y me fui (cabe destacar, que con la mitad de la gente que se encontraba por allí en ese momento había estado yo bailando la noche anterior, pero eso es otra historia). El caso es que volé más que corrí sin poner atención siquiera a por dónde tenía que ir pues mis pies me guiaban, cuando de repente una mano me apretó el hombro. Me di la vuelta y vi a mi padre jadeando con mi bolso en la mano. ¡Pobre, menuda carrerita! -Joder niña, qué rápido andas... En fin.
A las 11 y diez cruzaba yo la calle San Antonio como una exhalación camino de la uni. Al doblar la esquina, subí la cuesta y me sorprendí por la enorme cantidad de gente apostada en frente de la uni de farmacia. Después, al cruzar entre el gentío y saludar a un par de caras conocidas bajé de las nubes. -Jeje, pringuis, yo ya pasé la selectividad... Total, que a todo correr llegué a su despacho. Eran ya las 11 y media, y he de reconocer que si se me hizo tarde fue porque di bastantes vueltas (qué vergüenza, ¡a día de hoy no me conozco la uni!). Cuando llegué la puerta de su despacho estaba abierta, y dentro estaba... nadie. Creí morir en ese mismo momento, tal vez a causa del calor, tal vez a causa del estrés, hasta que alguien me sacó de mi ensimismamiento. -¿Buscas a Marga? Acaba de salir (¿¿¿Quéeee???) al baño (aaahhh...) y ahora viene. Efectivamente, mientras leía yo distraída algunas de las frases que han colgado por todo el edificio, apareció la profe. ¿Cómo explicar lo que sentí cuando deposité con sumo cuidado (¡Mentira! ¡Lo tiréee!) el trabajo sobre su mesa? Alivio, sentí una mezcla de alivio y alegría. Me despedí y me pasé por el despacho de la de francés. No estaba, tendría que mandarle luego un correo.
Salí triunfante de allí, y reconocí entre la gente que descansaba entre examen y examen a dos personas que... ¿cómo decirlo? Dan bastante por el saco. Una de ellas, falsa, hasta hace dos días me saludaba efusivamente con dos besos cada vez que me veía, y luego me contaron lo que realmente pensaba de mí. Y otra que, una de dos, o nació con algo que huele muy mal pegado en el labio superior o es que pone cara de asco cada vez que me ve. Sonreí para mis adentros y me dirigí a la calle Florida. Me apetecía comprarle un caprichito a Pipo. ¿Barritas de miel con cereales? ¡Ideal! Salí de allí con una frase en la cabeza. Acababa de pronunciarla el dependiente como respuesta a mi pregunta de si el gato canela de angora que estaba siempre tumbado encima del mostrador no se comía a los peces de las peceras que estaban a su lado... -No, misteriosamente, no se los come. Me encantó. Decidí que ya era hora de regresar, aún había que comprar algo para comer nosotras y sacar a Pipo de la jaula. Atajé como siempre por el parque de la Florida y, caminando entre las piedras y una vez pasados los bares algo captó mi atención y me hizo pararme unos pasos después. Me volví y dirigí la vista al suelo.
Allí, debajo del banco de piedra que rodea ese trozo de parque había un pájaro negro. De pequeña estatura, no había ni rastro de color ni en las plumas, ni en la cola, ni en el pico... sólo el brillo de sus ojos hacía ver que estaba vivo. Lo miré y me miró, somnoliento. Al principio pensé que estaba enfermo, luego aburrido, y finalmente me acerqué a él. No se movió. Me agaché a su lado y giro la cabeza para mirarme, curioso. Por extraño que parezca, no parecía que mi presencia le inquietase lo más mínimo. -¡Valiente sinvergüenza!-pensé. Como seguía sin hacerme caso, le toqué el pico. Ni se inmutó. Sé que fue muy imprudente por mi parte, ya que podía haberme picado o, peor, contagiado alguna de esas modernas enfermedades que se están descubriendo ahora, pero sentí que tenía que hacerlo. Con la fuerza de mi dedo, el pájaro se vio obligado a inclinar la cabeza, como si asintiese. De pronto, parece que cayó en la cuenta de que cualquier otro pájaro en su lugar habría salido volando en cuanto un humano se hubiese parado delante de él... y por fin hizo lo propio de su especie. Me miró por última vez, me puso el culo y se fue. Con gráciles andares, se alejó de allí hasta que tuvo sitio para echar a volar. Y ahí me dejó, boquiabierta y con un palmo de narices.
En el autobús, me reí mucho (por dentro). La verdad es que no sé por qué cuento esto, seguro que nadie me cree. De hecho, a quienes se lo he contado hasta ahora no lo han hecho. Dicen que tal vez lo haya soñado, pero no, es real, tan real como que aún siento el roce de su pico contra mi dedo. Fue una de esas 'cosas que pasan'... y que no son para nada 'normales y corrientes'.
[[Abrí de par los postigos
y entró, cual si fuera amigo,
con revoloteo ruidoso,
un cuervo majestuoso.
No hizo reverencia alguna,
y con un aire altanero
de dama o de caballero,
sin batir casi sus alas,
con la mirada despierta
saltó, se posó en la puerta,
luego en el busto de Pallas,
y nada más. ]]
11 junio 2007

1 comentario:
Buenisimo
Yo te creo los pajaros son a veces como los humanos y ese estaria ke en ese momento se le fue la pinza o algo... jeje
Aritz
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