Tumbada al sol esta tarde en las piscinas de Mendi, charlando con una amiga y con una tal vez buena persona me ha venido a la mente un cuento que leí en una de las lecciones de inglés en Ipswich, hace escasas dos semanas... El cuento habla de lo que "no se dijo", y más o menos dice así:
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De repente, la vio. Allí estaba, ¡era ella! No era como tantas otras veces, que la veía en el supermercado, en la parada del autobús, allá a lo lejos en la piscina... no. Esta vez ella estaba allí, parada ante un escaparate mirando, sin duda, los zapatos. Quince años y estaba igual, y seguro que por mucho tiempo que pasase su belleza perduraría siempre. Con el corazón palpitando de emoción se acercó a ella por detrás, y ella sólo se percató de su presencia cuando le rozó la hombrera de su chaqueta. Amanda... le dijo, cuánto tiempo sin verte.
¡Jorge! No se lo esperaba. Él le sonrió, no creí que fueses a reconocerme, ha pasado tanto tiempo... ¡Pues claro! ¿Cómo no te voy a reconocer? Pero si la tarde anterior misma había encontrado en los cajones de su vieja habitación las cartas que él le había enviado, cerradas aún y con un lazo, recogiéndolas. Su madre las había ido guardando a medida que llegaban. ¿Qué haces aquí? le preguntó, intentando ahuyentar los recuerdos de su mente, creí que ahora vivías en Londres. Sí, es cierto, pero mi padre murió hace un par de días y vine al funeral a acompañar a mi madre y a mis hermanas. Vaya, lo siento. Intentó parecer apenada, aunque no lo sintiese de verdad. Su padre había sido un hombre malvado que pegó a sus hijos e hizo lo propio con su madre. Sí, gracias, dijo él, sin gran pesar. Sabía que su madre iba por fin a vivir tranquila. ¿Y tú? le preguntó cortés, aunque se moría de curiosidad, ¿no te habías mudado fuera del pueblo? Sí, respondió ella, hace casi dos años que vivo también en la capital, pero he vuelto porque se casa mi hermana dentro de una semana. ¡Vaya, enhorabuena! La verdad es que de su hermana sólo recordaba que era gordita y de bastante mal carácter, se preguntaba quién iría a casarse con ella. Esto... oye, ¿tienes prisa? dijo, desviando el tema. No, dijo ella sonriendo, sólo mataba el tiempo. Pues entonces te invito a matarlo juntos.
Se sentaron en aquella mesa del bar donde años atrás pasaban las largas tardes de verano mirándose el uno al otro detrás de una taza de café. Aquél bar les traía tantos recuerdos... Bueno, cuéntame, al final conseguiste trabajo en aquella empresa suiza de... vaya, ¿a qué se dedicaba? Ya no lo recuerdo. ¡Qué más da! se rió, no, no, al final acabé siendo abogado. ¿En serio?, ¿acabaste derecho? Sí, es todo lo contrario de lo que se podía imaginar, ¿verdad?, de empresario a abogado, y aquí me tienes... Pero, ¿y tú? ¿Eres ya una artista mundialmente reconocida? ¡No! ¡Jajaja! Intentó reírse de lo mucho que distaba su trabajo de parecerse a su sueño, ahora sólo pinto puertas y ventanas. ¡Oh vaya!, tampoco está mal, reconoció él. Recordó lo buena que era dibujando y se imaginó su frustración por no haber logrado su ansiada meta, ser una famosa pintora. Su mente voló hasta un desván en donde guardaba a buen recaudo un retrato que ella le pintó un soleado día de agosto en el campo, era precioso. A veces subía allí arriba y lo contemplaba durante horas, recordando todo aquél tiempo que pasaron juntos. Ella también lo recordaba, pero no se atrevió a preguntar si aún seguía conservándolo...
¡Oh Jorge! Sollozó tras un intenso silencio, ¡no sé por qué me fui aquél día! Tranquila, le dijo él, sólo son tonterías de adolescente. A ella le dolió tanto aquella muestra de indiferencia que tuvo que parpadear varias veces seguidas para evitar derramar las lágrimas. A él se le paró el corazón sólo de pensar que ella se había estado arrepintiendo de haberse marchado de repente de aquél pisito que habían alquilado en el pueblo, aquellas dos habitaciones que habían tallado a medida convirtiéndolas en su paraíso particular... ¡Me tengo que ir! dijo enjugándose las pocas lágrimas que habían conseguido derramarse y poniéndose en pie de golpe. Pero si dijiste que no tenías prisa... ¡Tengo que ayudar a mi madre con los preparativos! Pero si la boda es dentro de una semana... ¡Espera! le gritó por fin cuando ella casi había alcanzado la puerta. Aquella palabra produjo el efecto deseado, como un resorte olvidado que la obligó a pararse. Fue la última palabra que oyó decirle antes de salir corriendo escaleras abajo con una maleta repleta de los mejores años de su vida. Podría darte mi teléfono por si... bueno, ya sabes, tal vez podríamos volver a vernos...
Seis números, un papel con sólo seis números que ella aceptó como si fuesen el tesoro más preciado. Lo guardó en el bolsillo interior del bolso mientras salía del bar a toda prisa. Años después, instintivamente abre la cremallera de ese bolsillo y comprueba que no ha perdido el papel.
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Ambos tenían tanto que decir y no lo hicieron... ¿por qué? Por miedo, por orgullo, por el qué pasará, el qué dirá, el no... Ambos perdieron. A veces en la vida hay que ser osado y luchar por lo que se quiere, a veces no basta sólo con dar pistas, indicios. A veces no es justo esconderse y susurrar al oído de quien quiere verte y no puede. A veces... parece imposible. A veces cuando una imagen, un recuerdo, una persona o palabras te vienen a la memoria debes hacerlo saber abiertamente, pues nunca sabes quién puede estar sintiendo lo mismo en ese momento. A veces el título de "lo que nunca se dijo" debería ser rasgado y arrojado a las llamas mientras se grita, libre por fin de cualquier cadena que te reprima, lo que tanto se ansía hacer saber.
Porque si no, nos lo perdemos. Nos obcecamos en pensar que al otro le da igual, o que "ni lo sabe ni le importa". Y duele, esa indiferencia duele, y la ignorancia de enterarse después de lo que pudo haber sido y no fue pues más todavía. Duele. Por eso, a veces hay que ser valiente y, alto y claro, tanto con como sin esa máscara que nos da seguridad, echarle un partido al atrevimiento y dejarse de tonterías. El "no" ya lo tenemos, ¿eh?
Siempre lamentaremos, y lamentamos, el no haber dicho "eso" que queríamos decir a esa persona que tenía que saberlo. Y más aún cuando esa persona no lo dijo porque temía que tú ya no pensases "eso" que ahora te quita el sueño, de ganas de decírselo. Y de nada vale después comerse la cabeza, o mandar mensajes camuflados en las nubes y en los sueños. Tuviste una oportunidad y la dejaste escapar. Pero nunca es tarde, así que por una vez (y para siempre) alza la cabeza, pecho bien henchido, y teclea todo aquello que un día te desviviste por escribir pero que el miedo a equivocarte no te dejó. Y aunque te escondas tras una firma anónima, te encontraré, descifraré y entonces lo sabré.
09 julio 2008
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Lo que nunca se dijo
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