Esta pasada semana estuve en casa de Pauline, allá en Pessac, Burdeos... Y después del reencuentro, de las risas y bromas, de las caras de sorpresa de todas esas personas a las que no veía desde hacía... ¿cuánto? ¿Tres meses? Después de los saltitos de alegría, los besos y abrazos, de toda esa emoción contenida, de todas esas propuestas de volver, de quedarme... fuimos a comer a casa de sus tíos. Y allí había un gatito que...oh...
¿Qué edad podría tener yo por aquél entonces, nueve? ¿Diez? ¿Quizá doce años? No lo sé. El caso es que, saliendo yo de misa, (sí sí, ¡yo de misa!) de la única misa a la que voy en todo el año, en ese pueblecito tan querido perdido en la llanura en el que paso uno de los mejores momentos del verano, me dirigía a casa a cambiarme de ropa (por aquél entonces no soportaba los vestidos) antes de subir al bar a encontrarme con el resto. Y nada más llegar a la esquina de mi calle, apenas había puesto una mano en la manilla de la puerta del jardín... oí un maullido que le hubiera partido el corazón al más desalmado ser en este mundo.
A escasos metros, tirado en el suelo, sucio y muy delgado había un gatito blanco con una mancha marrón en el lomo izquierdo y varias más oscuras en las patas, cola y orejas; es como si ahora mismo, cerrando los ojos, lo estuviera viendo aún a mi lado. Tumbado de costado, apenas con fuerzas para mover la cabeza mientras maullaba se le veía tan débil, tan sólo... Entré corriendo a casa y me dirigí a la cocina que por suerte para mí en aquél momento se hallaba vacía. Abrí el frigorífico y cogí una de las tapas de los botes que mi tía había estado fregando y la llené de leche. Bajé las escaleras tan rápido como pude y volé más que corrí de nuevo a su lado. Le puse la tapita al lado de la cabeza, pero no se movió. Mojé un dedo en la leche y se lo acerqué a los labios; no se movió. Le acaricié la pata con un dedo y de nuevo fue en vano.
Ya me estaba subiendo una ingente cantidad de lágrimas a las comisuras de los ojos cuando de pronto el gatito volvió a maullar, pero esta vez no fue un maullido desesperado, fue maullido bajito, como si supiera que ya había alguien a su lado y lo único que quisiera era explicar que estaba sufriendo. Le hablé, sabía que debía parecer una estúpida con ese vestido blanco, el pelo liso recogido con una horquilla y hablando a un pobre animalillo pero no se me ocurrió otra cosa que hacer. Le hablé para darle ánimos, para que no se rindiera, y a cada palabra que decía una lágrima me resbalaba mejilla abajo. No, aquella técnica no funcionaba; tenía que cambiar de método.
Es como si a un enfermo por el que por su vida apenas dan un duro se le pide que luche mientras a uno se le caen las lágrimas. No cuela. Si se le da ánimos a alguien hay que demostrarle también que estamos con él, que lo creemos capaces de conseguirlo y que él puede hacerlo. Así que me sequé los ojos y le hable claro y despacio, muy bajito. Le dije que tenía que beber, alimentarse, que lo iba a meter en una cajita con una manta para que entrase en calor y que en unos días se iba a recuperar, que aún era muy joven y que su cuerpo se curaría en un santiamén. De lo convencida que estaba me parecía que el gatito cobraba fuerzas. Una vez más, mojé mi dedo en la leche y dejé caer una gotita en sus labios; y esta vez los abrió. Una segunda gota, la bebió. Empecé a mojar más el dedo, y él a beber más ávidamente. ¡Lo había conseguido!
El resto del pueblo empezaba ya a despedirse a la salida de misa y a recogerse cada uno en su casa. Algunas mujeres que subían por mi calle se acercaron a ver lo que hacía, y los comentarios que oí en ese momento fueron como un resorte; inmediatamente ríos de lágrimas me nublaron la vista. -Uy, ese pobre no tiene nada que hacer. -Niña, déjale ya, ese se muere... No me lo podía creer, ¿pero es que no veían que estaba bebiendo? ¿No veían que hace un momento no se movía y que ahora tenía los ojos bien abiertos y me miraba mientras le daba la leche? Les dije que no, que iba a estar bien, pero ellas se reían. La rabia me cegaba, intenté ignorarlas pero ellas seguían. El gatito también pareció oírles, porque de repente recostó la cabeza, cerró la boca y no bebió más. Yo intenté volver a darle leche, le acerqué más la tapa y todo pero... nada. Parecía muy cansado, como con sueño, pero había algo que fallaba. No respiraba como lo haría otro cualquiera. Desesperada, yo no podía ver eso.
Más señoras subían ahora de misa, algunas incluso se pararon a mi lado haciendo comentarios sobre el pobre animalillo. En un momento montaron tal escándalo que mi padre y mi tío salieron a ver que pasaba. Yo apenas podía retener todo lo que se me venía encima. Mi padre intentó razonar conmigo y el nudo en la garganta me impedía replicar. Mi tío me dijo, así como es él, que lo mejor que podía hacer por el gatito era hacer que dejase de sufrir, y que era lo que él iba a hacer en ese momento, que me alejase y que no mirase... Esas palabras tardaron por lo menos el doble de lo normal en reproducirse en mi cerebro, ¿qué era todo aquello? Yo sólo había encontrado un gatito hambriento y enfermo al que iba a cuidar para que volviese a correr y a jugar en las calles, ¿y ahora de repente querían matarlo? No, no podía ser...
Sólo recuerdo que mi padre me enterró la cabeza dentro de su chaqueta y apretó las manos sobre mis orejas. Oí un golpe, un maullido, y nada más.
No odié a mi tío, ni a mi padre ni a las señoras, pero aprendí una lección:
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Hace mucho tiempo se celebró una carrera de sapos y liebres. Las liebres, todas chulas ellas, se alinearon en perfecta armonía y exquisita belleza al borde de la marca de salída. Los sapos, feos, verdosos y verrugosos, se esparcieron de cualquier manera al otro lado de la marca. El búho dio el pistoletazo de salida y ¡bam!, las liebres salieron zumbando como si el diablo las persiguiera. Y los sapos, croando y poquito a poco, fueron siguiendolas saltito a saltito. Cuando las liebres llevaban ya varias millas de ventaja uno de los espectadores de la gran carrera comentó que no había derecho, que estaba claro que las liebres ganarían ya que superaban con claridad la velocidad de los sapos. Entre el público, otro espectador le dio la razón. Más allá discutían sobre cómo se les podía haber ridiculizado a los sapos de esa manera, ya que estaba claro que iban a perder... Las liebres se miraron entre ellas y decidieron reducir la velocidad hasta casi pararse. Una de ellas divisó a la derecha, tras unos campos, una enorme huerta de verduras plagada de zanahorias. Todas a una, decidieron darse un banquetazo para celebrar la futura victoria y ya de paso darles una pequeña ventaja a los sapos. Pero los sapos, ajenos a todo aquello, habían empezado ya a rendirse. La mitad se había retirado, y de los pocos que quedaban unos se habían parado a hablar con el público que los compadecía y otros saltaban sin ganas de un lado a otro, como sin ganas de avanzar. Sólo uno, convencido y cabezota, siguió saltando todo lo lejos que podía siguiendo el camino de la carrera. Todos decían a su paso que pobrecito, que era imposible que ganase a las liebres, que se esforzaba en vano, que más le valdría retirarse ya al estanque y no cansarse tanto para nada... Pero él, haciendo caso omiso de la gente, siguió saltando. Y quiso el destino que, de aquél festín de zanahorias que se dieron las liebres, la mitad se empachara tanto que tuviese que dejar la carrera y que de la otra mitad casi todas se durmiesen y que el resto siguiera comiendo. Y he ahí al sapo que se acercaba saltito a salto a la línea de meta. Los espectadores no se lo podían creer. Empezaron aplaudir, a saltar y a gritar, a montar tal escándalo que las liebres, incrédulas, salieron pitando hacia la meta... pero cuando llegaron el sapo ya había cruzado la línea, ¡había ganado! Todos acudieron a felicitar al batracio y le preguntaron que qué le hizo no rendirse y seguir adelante, pero éste no dijo nada, se dio la vuelta y se metió de cabeza al estanque. Poco después se supo que el sapo era sordo.
A menudo no somos nosotros los que nos rendimos, son las malas lenguas las que nos hacen retirarnos de esa empresa en la que tanta ilusión habíamos puesto. A veces lo mejor que se puede hacer ante la opinión de la gente es volverse sordo y creer de verdad en lo que estamos haciendo, confiar en nosotros mismos y seguir adelante sin importar cualquier comentario. La compasión de la gente no nos hace ningún bien, sólo nos hace sentirnos víctimas y acabar compadeciéndonos nosotros mismos. Nunca hay que tirar la toalla, trabajando duro se alcanzan los sueños. Luchad pues, ya que rendirse es de débiles. Sabed que ningún reto es imposible. Y buena suerte en vuestra empresa.
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Y buenas noches...
16 septiembre 2008

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