Es la historia de un viaje, del principio... no, del principio del fin. Antes, el fin sólo podía significar el final... pero ahora sé que el final no es sino el comienzo de la siguiente aventura.
Se despertó. Las lágrimas surcaban su rostro. Las sábanas se pegaban a su cuerpo, empapado en sudor. Presa de una repentina excitación saltó de la cama. Ansiosamente, tiró de la cuerda de la persiana y abrió de par en par la ventana. El aire frío de la noche le impactó en los ojos, pero aquello no le hizo parpadear ni por un momento. Buscaba frenéticamente en el cielo hasta que, por fin, la vio. La luna estaba llena. Después, cerró los ojos y escuchó. El griterío había cesado, la ciudad estaba en calma. El momento se acercaba; la oportunidad era única.
Supo entonces qué era exactamente lo que tenía que hacer. Sin vestirse, bajó apresuradamente las escaleras y se precipitó a la calle. El presentimiento se avivaba cada vez más. Tiritando, con el corazón en un puño, anduvo durante más de media hora por calles desconocidas. A cada paso que daba, el suelo parecía estremecerse bajo sus pies descalzos. Apretó el paso. No por el frío de la noche, no por miedo a la oscuridad, sino por el ansia de llegar cuanto antes. La silueta de un espeso bosque se recortó de pronto a lo lejos. Supo que era allí. Empezó a correr desesperadamente.
Toda sensación de frío o dolor desapareció en cuanto puso un pie en el sendero. Sintió que le invadía la calidez de aquel frondoso bosque. Ni rastro de alma alguna. Esperanzadamente siguió su camino, la búsqueda de aquello que tenía completamente absorbida su mente. Vanamente, la luna intentaba violar la oscuridad del bosque, pero los árboles sabían guardar muy bien el misterio. Cada cierto tiempo, un pétalo oscuro, brillante, se dejaba entrever en el suelo, como si quisiese indicarle el camino. Pero no era necesario. ¿Cómo iba a serlo, maldita sea, si aquél era el mismo sendero que acababa de serle revelado en sueños escasas horas antes?
Caminaba a ciegas. La obsesión por encontrar aquello que ansiaba, aquello que le había llevado a abandonar desesperadamente su cama... era inmensa. Su cabeza, ciega y sorda a todo lo ajeno a su único objetivo, recordaba claramente la visión del lugar exacto, el emplazamiento de... ¿de qué, exactamente? No era un tesoro, ni una joya... no era dinero; no era "algo" que pueda describirse con palabras... bueno, sí, pero no en ese estado de exaltación. Era algo único e inigualable; lo exorbitado de su valor lo convertía, por así decirlo, en algo mágico. Ya no era un pétalo, eran cientos.
La hora estaba cerca y, aún así, los segundos eran interminables; y los minutos, eternos. El suelo, antes embarrado y cubierto ahora por un negro manto de pétalos de rosa, disimulaba las raíces de los árboles. En varias ocasiones le hicieron tropezar, caer, pero nunca le arrancaron una blasfemia, un lamento... ya habría tiempo para ello luego, después, al final. Afiladas hojas de acebo arañaban su cara y el ébano, negro azabache, lo envolvía todo en la oscuridad. Pero daba igual. Sólo importaba llegar. Primera bifurcación a la izquierda; segunda, a la derecha. Después, todo recto. Suavemente, el murmullo de un arroyo cercano dejó percibir sus primeros acordes, y la música del bosque le perforó el alma. Sus sentidos estaban ahora poseídos por el afán de alcanzar aquella meta. A tales alturas, la situación empezaba a verse imposible y, sin embargo, lo había deseado durante tanto tiempo... Sí, esa era la noche, era su noche, y nada ni nadie podría jamás impedirle llegar; hasta el final.
El sendero moría en la orilla del río. Sin pensárselo dos veces, se metió. Con el pijama empapado, nadar resultaba una ardua e incómoda tarea que pronto hizo que sus fuerzas flaqueasen. Vagamente, la idea de abandonarse a la corriente empezó a rondar sus pensamientos. Se encontraba al límite cuando un súbito y brusco cambio de sentido en el cauce le hicieron chocarse contra un enorme tronco, al que se aferró con una última esperanza. Su cuerpo, zarandeado con pasión por las aguas, poco más podría aguantar. El cansancio y el sueño hacían mella en el falso vigor aparente en un principio...
Permaneció medio inconsciente durante un largo rato. La furia del caudal se transformó de repente en una calma inmóvil. Aquella maravilla de un paisaje que provocaría delirios en la mente de cualquier pintor surgió de la nada ante de sus ojos. Y lo vio. Es decir, volvió a verlo. Pero esta vez, era real: un lago inmenso, bañado tenuemente por una tibia luz que parecía brotar de la misma agua. Se dejó arrastrar hasta el mismísimo centro. Más y más pétalos flotaban en el agua. Allí estaba. Nunca supo cómo consiguió sacarlo de allí y llegar a la orilla.
...
El recuerdo de la victoria aun me eriza los pelos de la nuca, y un escalofrío recorre mi espina dorsal. Por fin, tras un leve roce de mis manos por su lomo, vime sumergida en el olor, mezcla de rosa y azufre, que me invadía al pasar, embelesada, sus páginas. Era el libro del destino. Su contenido nunca podrá ser olvidado.
A día de hoy, recuerdo perfectamente la estilizada caligrafía de sus finas hojas, el murmullo que provenía de ellas, y todo cuanto me revelaron. Les aseguro que hay secretos que es mejor no saber nunca, pero el saber no hace daño, sino el que sepan que lo sabes.
Lección número uno: "Uno es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que habla."
7 noviembre 2006

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